El modelo de gestión electoral en México en la encrucijada o porqué (no) deben desaparecer los OPLES

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No importa quien vota, sino quien cuenta los votos”, dijo en 1934 Joseph Stalin. Si la frase es o no de él, si encierra la lógica que existe detrás de quienes tienen el poder y desean controlarlo todo.

En los últimos meses, semanas entre mayo y junio de 2019, se ha discutido en México una posible reforma constitucional y a las leyes secundarias que contempla entre otras cosas la desaparición de los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLES), es decir, las instituciones que gestionan administrativamente los procesos electorales en los estados. El origen de tales instituciones derivó no solo del efecto de diversas reformas a nivel nacional en los años 90 del siglo XX, sino también fueron una muestra de la dinámica del federalismo, una cuestión que no ha sido bien atendida y entendida.

Su posible desaparición está planteada en una iniciativa de Ley presentada el 8 de abril de 2019 por el diputado  Sergio Gutiérrez Luna de Morena (partido que tiene la mayoría en la Cámara de diputados)  y que apenas se lee, es indescifrable, mal redactada, poco seria y llena de lugares comunes. Pero creo que por guardar las apariencias y en la era de la dictadura de la corrección política nadie se lo ha dicho al diputado. Si esta iniciativa hubiera sido presentada por cualquier otro, como las tantas que se presentan quizá no generaría mayor atención, y como muchas tantas terminaría en la “congeladora”. Pero dicho diputado ha encontrado eco entre sus camaradas y se ha empeñado en impulsarla.

Salta a la vista que quienes han salido a defender a los OPLES han sido los propios miembros de tales organismos. No solo en los medios podemos encontrar muchos artículos y entrevistas que hablan de las bondades de un sistema de gestión electoral mal diseñado entre 2013 y 2014 y que deja a los OPLES con pocas atribuciones, esenciales, importantes, pero pocas, y aumentó las facultades del Instituto Nacional Electoral (INE, antes IFE) y nos dejó varios ladrillos de legislación electoral que requiere hiper-especialización para descifrarla. En las mesas que han sido organizadas en la Cámara de Diputados hemos visto en su mayoría a diputados, miembros de los tribunales electorales y de los mismos organismos electorales, y muy pocas voces externas. Como es natural, los miembros de los OPLES y de los Tribunales han señalado los problemas que traería consigo su desaparición. Pero si el problema fuera técnico y legal -simplemente-, sería bueno que los diputados los escucharan y atendieran sus recomendaciones. Pero ojo, el problema no es técnico ni legal, el problema es político (vaya, gran descubrimiento). Y al escuchar solo a los mismos miembros de tales organismos los diputados observan resistencias que en el fondo solo fortalecen su punto de vista. ¿Cuántas de las recomendaciones que se han vertido en dichos foros podrían incorporarse al bodrio de iniciativa de reforma?

Expliquemos, una reforma electoral es impulsada por los partidos, es decir, por los jugadores de las elecciones. Si éstas son cerradas, las reformas tendrían que ser consensuadas, so pena que el juego no sea legítimo desde antes de jugarse y con las consecuencias negativas que ello supone. Pero cuando un partido tiene la mayoría, es políticamente predecible que desee cambiar las reglas para beneficiarse y mantener su estatus quo. La iniciativa de Morena no tiene ninguna intención de mejorar el sistema de gestión electoral, ni tiene el objetivo de corregir el bodrio que dejó la reforma de 2014, que en parte si mejoró algunas cosas, como la profesionalización e independencia, el objetivo es acaparar los espacios con sus simpatizantes para controlar el arbitraje de las siguientes elecciones y por tanto incidir en los resultados. Quienes crean que dicha reforma es producto de una mentalidad similar a de la Compañía de las hijas de la Caridad están simplemente equivocados. Ni siquiera el supuesto asunto de la austeridad -una patraña que requiere un análisis por separado- justifica ese intento por asaltar a las instituciones que organizan las elecciones.

Una cosa es el sistema de gestión electoral y otro es el sistema electoral. El sistema electoral es la conversión de votos en escaños o en cargos públicos, es mayoritario, proporcional o mixto, es con boletas abiertas o cerradas, es con voto único o múltiple. Morena también desea cambiar al sistema electoral, como desaparecer los cargos de representación plurinominales, reducir la cámara de diputados y de senadores, todo con el objetivo de aumentar y mantener su dominio en la política, desea ser precisamente el nuevo PRI y ha encontrado la piedra filosofal: la austeridad.

La gestión electoral puede ser centralizada o descentralizada, nacional o federal, gubernamentales o independientes o mixtos, puede ser unificada en un solo órgano, o compartida con varios órganos. Pueden existir órganos temporales o permanentes. Todo depende de que se quiere resolver y cómo se quiere resolver. En las democracias consolidadas los modelos son por lo regular gubernamentales, temporales y locales.

Pero las nuevas democracias, que son en sí regímenes híbridos, es decir, que combinan instituciones democráticas con prácticas por lo regular autoritarias, la gestión electoral eficiente y que ha ayudado a sembrar la democracia, es precisamente el modelo independiente, permanente, autónomo y en el caso de México, federalizado. La democracia mexicana es aún frágil, tenemos graves déficits en estado de derecho, en el respeto por los derechos humanos, creemos que la democracia es un fin, cuando en realidad es un medio, más aún, se ha puesto en entredicho las virtudes de la democracia representativa y sus efectos, cuando gracias a ésta es que se puede hablar de libertad y otros derechos esenciales. Los organismos electorales autónomos y fortalecidos juegan un papel esencial en regímenes democráticos débiles. Una de sus principales tareas es la difusión de los valores democráticos. Quizá los OPLES lo han hecho, pero quizá les ha faltado profundizarlos y coadyuvar a enraizarlos en la ciudadanía, por eso tienen pocos defensores fuera de su ámbito, pero eso no justifica su desaparición. Más allá de ello, no se puede aceptar como legítima una reforma impuesta por la tiranía de la mayoría, las mayorías pueden equivocarse, y ya estamos sufriendo las consecuencias.

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La Segunda Vuelta Electoral: orígenes, tipología y efectos

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La segunda vuelta electoral (SVE) es una variante de los sistemas de mayoría; opera como un mecanismo de desempate cuando en una elección entre dos o más candidatos ninguno obtiene la mayoría absoluta en una primera vuelta, entonces por lo regular los dos candidatos más votados pasan a una segunda elección en la cual obtiene el cargo el más votado. La SVE progresivamente se ha incorporado en gran parte de los sistemas presidenciales latinoamericanos bajo la idea de que el ganador así elegido obtiene mayor legitimidad. Empero, esto no es así. La legitimidad electoral es importante, pero no es suficiente, ya en el cargo ésta puede aumentar o disminuir de manera cotidiana. La SVE crea una legitimidad artificial por lo cual su implementación y alcances deben ser comprendidos.
En este ensayo se analizan sistémicamente sus efectos mecánicos, y también sus “efectos no esperados”, así como sus consecuencias poco observables en relación a la gobernabilidad democrática de los sistemas presidenciales latinoamericanos. Se rastrean los orígenes medievales de las elecciones a varias vueltas (ballottaggio) en las primeras repúblicas de Venecia, Florencia y Génova, hasta su incorporación en los sistemas políticos modernos derivado del desarrollo de la lógica mayoritaria como expresión de la voluntad del pueblo. Se define operativamente la SVE y sus variantes, y se contrasta comparativamente con las características del presidencialismo latinoamericano. A partir de una selección de casos paradigmáticos derivado de la ponderación de sus efectos, se examinan sus consecuencias sobe la estabilidad de los sistemas políticos. Finalmente se analizan las propuestas de implementación en México y sus posibles consecuencias a la luz de la experiencia latinoamericana.
Para descarga:
Researchgate: https://bit.ly/2Kbx08Z
Selected works: https://bit.ly/2Il2JlD
Desde la página del IEEM: https://bit.ly/2Gl4gXp

Los gobiernos no escriben la Historia

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Por F. Barrientos

La Historia política de la humanidad está repleta de ejemplos en los cuáles los gobernantes han tratado de otorgar a los gobernados un conjunto de símbolos basado en una relectura de los hechos del pasado para darle sentido a su presente. Denominar a un periodo de gobierno a partir de una interpretación sesgada de los hechos del pasado es un acto arbitrario que se funda en la necesidad del reconocimiento del que gobierna por quienes son gobernados, una especie de sentimiento de inferioridad moral de propios líderes ó preludio de un fracaso que desea ser evitado tratando de entrar en las mentes de las personas con el objetivo de legitimarse en una lógica de continuidad con el eterno ayer.

Quizá uno de los ejemplos más antiguos es el poema épico la Eneida, escrita por Virgilio “por encargo” del primer emperador romano, Octavio Augusto, sucesor de César en el siglo I a.c. El poema trata precisamente de la vida de Eneas, héroe de la guerra de Troya, quien escapa en la noche en la cual es asaltada la ciudad, y vaga durante siete años en la búsqueda de la tierra que los dioses han prometido. Después de varias peripecias similares a las que sufre Ulises en la Odisea de Homero, desembarca en Sicilia, donde una Sibila le deja hablar con las almas que construirán el Imperio Romano, desde los primeros reyes hasta Augusto, quien precisamente usó esta historia para justificar su linaje y por lo tanto legitimar su gobierno.

En el siglo XX, los intentos de reinterpretar la historia fueron obra de los regímenes más nefastos. Benito Mussolini en Italia en los años veinte instauró un conjunto de iniciativas orientadas a crear un culto hacia “el nuevo Estado”, se incorporaron al lenguaje político cotidiano palabras tales como “austeridad” frente a “fastuosidad”, la “voluntad del pueblo” frente a “destino”; “Victoria”, “Gloria”, y “Reconocimiento” sustituyeron “sacrificio”, “holocausto” y “caídos”, términos y palabras que signaban apenas los eventos del pasado reciente. El fascismo se afirmaba como una autorepresentación de la restauración de la grandeza del pasado de la antigua Roma, y trató a toda costa de entrar en las mentes de las personas como la “solución” a los males de la época. Por su parte, el nazismo en Alemania en los años treinta impuso la idea del “Tercer Reich”, pues se autoconsideraban como sucesores históricos del Sacro Imperio Romano (962-1806) y del moderno Imperio Alemán (1871-1918), y como sabemos, se fundaba en un fuerte sentido nacionalista, racista e imperialista.

Intentar reescribir la historia desde la cima del poder político siempre tiene efectos adversos a los objetivos que se buscan. Tiene efectos temporales, puede ayudar a legitimar al gobierno en turno; pero la legitimidad se gana o se pierde día a día, por lo que los usos políticos de la historia por lo regular tienen efectos menores y a corto plazo. Fácilmente se olvidan esos esfuerzos, como se observaba en los dos primeros siglos del Imperio Romano: a la caída de los emperadores, a sus estatuas solo se les cambiaban las cabezas por las del nuevo emperador, a pesar de sus intentos por trascender el tiempo en la memoria colectiva. La Italia fascista y la Alemania nazista no pasaron a la historia como sucesoras de grandes proyectos políticos, sino como tragedias que nos recuerdan hacia dónde no debemos orientar la acción política. Al final, quienes escriben la historia juzgan esas denominaciones que los gobiernos en turno tratan de imponer.

Estos y otros ejemplos deberían alertar a Andrés Manuel López Obrador, a sus seguidores, y a aquellos que acríticamente han adoptado el término “Cuarta transformación”, que se basa precisamente en un intento absurdo y sesgado de interpretar la historia, pero mas aún, que esconde un miedo a ser señalado en el futuro por su factible fracaso. Lo malo de esta historia es que para la mala suerte de México, y al menos por lo que se observa en sus primeros días de gobierno, se están empeñado en que ello sea posible. Que los gobernantes se dediquen a gobernar, que ya serán otros los que escriban sobre sus aciertos y fracasos.

 

 

El peso de la derrota ¿a dónde van los ex-candidatos presidenciales?

Los sistemas presidenciales se caracterizan por tener elecciones de suma cero, es decir, el que gana se lleva todo. Es natural porque los sistemas son de mayoría (relativa o absoluta con segunda vuelta), donde los restos no cuentan, no tienen representación, se desperdician. En las campañas electorales por alcanzar la presidencia, partidos y candidatos invierten esfuerzos políticos, monetarios, humanos, etc., pero al final solo uno ganará. Perder una elección presidencial puede significar para muchos políticos el fin de su carrera, en cambio, otros utilizan la exposición pública para mantener viva su carrera. Empero pesará sobre ellos la imagen de candidato perdedor. No es lo mismo ser el perdedor que quedó en segundo lugar ó el tercer lugar, o un perdedor que por el simple hecho de competir en la elección presidencial pasará a la historia como uno de los candidatos.

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En México (1994-2018) el número de candidatos no ha sido muy elevado, salvo el caso de la elección de 1994. Dominan los hombres como candidatos, pero se ha mantenido la presencia de al menos una candidata, con excepción del año 2000. Cabe recordar que en el año 1994, se presentaron dos candidatas mujeres, una de ellas con una amplio historia familiar en la política. Los partidos han optado por participar en coalición, lo que implica que el impacto de la la derrota se centra en el candidato. Lo cual es mayormente significativo cuando el partido pierde el registro, como sucedió con el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), el Partido de Centro Democrático (PCD) y el Partido Democracia Social (DS) en el año 2000. Pero mientras para los dos primeros significó su desaparición, para el tercero supuso el lanzamiento de la socialdemocracia en el país, apareciendo como un partido nuevo en el 2003. Para las elecciones de 2012 y 2018 dejan de aparecer los “partidos plataforma”, como el PCD en el 2000 o el Socialdemócrata en el 2006, centrados en el candidato presidencial. La novedad del 2018 el es “partido movimiento”, centrado en el candidato presidencial (líder carismático en el sentido weberiano) pero con una amplitud que permea otros cargos: gobernadores, legisladores y presidentes municipales, pero la estructura gira en torno del líder-candidato-presidencial, sin posibilidad de que los seguidores sobresalgan si no es por la gracia del dirigente carismático.

Un número importante de ex-candidatos se mantienen en la política partidista y se postulan para otros puestos de elección: Cárdenas perdió en 1994, pero en 1997 ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México; Diego Fernández perdió en 1994 pero se convirtió en Senador en el año 2000; Francisco Labastida perdió en el año 2000, pero en el 2006 fue elegido senador. Manuel Camacho perdió en el año 2000 y fue postulado a diputado en 2003, y fue senador en 2012.

Otros candidatos perdedores se mantienen en la política sin optar de nuevo por cargos de elección, Muñoz Ledo renunció a su candidatura a favor de Vicente Fox en el año 2000 y hoy es cercano a López Obrador, Rincón Gallardo se mantuvo activo en la política hasta su muerte, y Cecilia Soto ha trabajado en los medios y como funcionaria. Josefina Vázquez Mota, a pesar de haber perdido, en parte por las pugnas al interior de su partido y el nulo apoyo del grupo del entonces Presidente en turno, Felipe Calderón, se ha mantenido en la política pero volvió a acumular otra derrota en 2017 al quedar en cuarto lugar en la elección de gobernador del Estado de México.

El caso quizá más interesante es el del candidato que una vez derrotado es exiliado de la política por sus propios correligionarios. Roberto Madrazo tiene una historia similar a la del actual (2018) candidato del PAN Ricardo Anaya. Logró imponerse como presidente de su partido y luego como candidato del PRI. Pero en su ambición por ser candidato polarizó a los miembros del partido, que se mantuvieron unidos mientras fue candidato, pero una vez que perdió, desapareció prácticamente de la política.

Perder una elección presidencial no es el fin de una carrera política, pero es claro que las cosas no volverán a ser iguales, ni mejores. La derrota pesará como una loza durante el resto de su carrera.

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¿Para que sirve un debate?

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Decía Cicerón en De la Invención retórica, que la habilidad de la retórica o elocuencia, es un oficio que tiene por objeto decir las palabras adecuadas para persuadir, sin olvidar que puede ser tanto para un bien como para un mal. Cicerón señalaba que la sabiduría sin elocuencia estorba igual a los hombres como a las ciudades. La elocuencia trata de persuadir a los hombres a que cambien su naturaleza o sus costumbres. Pero en las grandes ciudades, pueden aparecer hombres incultos que mienten en sus discursos, y pueden aparecer como superiores a los veraces. Así las repúblicas se han corrompido por aquellos que perversamente violaron el don de la elocuencia. Pero también su estudio y práctica debiera ser una actividad honrosa porque los malos por mucha elocuencia que tengan nunca podrán superar a los buenos.

Max Weber por su parte, consideró que en las sociedades modernas más que nunca la política se hace cada vez de cara al público, y con los medios de comunicación actuales -la radio, la televisión y la internet- el público se desdobla en el espacio y en el tiempo. El medio del político es entonces la palabra, y su buen uso político con la lucha y la pasión. Pero la demagogia siempre está presente, pues es una fuente de convencimiento de los políticos, pero también es la raíz de la degradación de la democracia.

Técnicamente un debate político entre quienes desean alcanzar un cargo público debería permitir a los electores observar en los políticos su capacidad de persuadir, de tratar de cambiar nuestra percepción sobre la política, sobre el gobierno y los problemas públicos. Pero un político que solo habla frente a una cámara sin confrontación, sin contraste de ideas, sin comparación, es simplemente un demagogo. ¿Es posible distinguir la calidad de un político respecto de otro si todos se someten a un formato que los homogeneiza? La retórica del buen político debería imponerse sobre aquella del mal político si las palabras fluyen ¿Cómo podemos distinguir esa capacidad oratoria cuando se permite que el peso de las inercias burocráticas se impongan sobre aquello que debería?

Estos son los problemas de la organización de debates entre candidatos en las elecciones de 2018 que prácticamente todas las instituciones electorales (nacional y locales) de México han repetido como si fuera un acuerdo general: estandarizar, homogeneizar, burocratizar, limitar, imponer temas y sometimiento de la capacidad oratoria. El diseño de los debates electorales en México pondría a Max Weber contento (o triste, depende) por ver cumplida su profecía de la tendencia burocratizadora de las actividades humanas, y más aún, del autosometimiento a la estandarización en pro de la democracia. Algo tremendamente inaudito y sobrecogedor.

La posibilidad de observar y evaluar en su hábitat a los políticos que desean el voto de los ciudadanos deberían ser precisamente los debates. La solución por supuesto que no es burocrática no estandarizadora, sino que podría estar inspirada en la lógica de los Hermanos Marx o si desean de la pluma de Jorge Ibargüengoitia: lanzarlos a un ruedo, y que libremente hablen, se confronten, se comparen. Que se muestren como son a los ciudadanos. Un debate no es para proponer ideas y soluciones, eso se hace en el programa del partido ó el candidato y se promueve en las campañas. Un debate no es declarar buenas ideas, sino de desenmascarar las malas. Ojalá y reaccionemos pronto.

Incertidumbre y democracia

La democracia es un régimen que se caracteriza entre otras cosas por la libertad de los ciudadanos para elegir a sus gobernantes y el control de éstos por las leyes. Pero a la democracia se le exige mucho: además de las libertades, también se le exige mejores condiciones sociales, crecimiento económico, seguridad, educación, etc. Cumplir esas exigencias no es cosa fácil, y las democracias que lo han conseguido en cierto grado, lo han hecho a partir de procesos de larga duración. Ninguna democracia ha logrado satisfacer las exigencias de los ciudadanos de la noche a la mañana. Y tampoco ninguna democracia ha logrado satisfacer todas las exigencias. Siempre hay nuevas exigencias, y las que se creían superadas vuelven a aparecer.

México no es un país que se caracterice por ser una democracia estable. Cuando lo está logrando las exigencias se profundizan, nacen nuevos problemas a la par de los ya existentes, algunos más graves que otros. Es quizá esta necesidad que tienen los ciudadanos de ver cumplidas sus exigencias de manera casi inmediata, que durante los procesos electorales sobre todo lo relacionado con la presidencia, que una gran parte de los mexicanos vuelcan sus expectativas en una persona. El candidato presidencial se convierte en una especie de tótem salvador. Se le perdona todo mientras está en campaña y se cree ciegamente en sus propuestas.

Pero así como se le alaba en campaña, así  cuando gana y apenas toma el poder, en poco tiempo se desmorona ese idealismo. Lo más interesante de la sociedad mexicana es que no discierne o lo hace poco, y los que transmiten las ideas, opinólogos, comentócratas y demás, poco revisan la historia, y cuando la hacen la interpretan a modo. Siendo que una gran parte de los nuevos electores gustan de guiarse por las imágenes, he aquí algunos ejemplos de los antes y después, que nos enseñan que el futuro siempre es incierto, y lo es más en las democracias:

En Noviembre de 1993, es “destapado” Luis Donaldo Colosio como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la presidencia de México. La inercia del régimen era tal, que una publicación ya lo señalaba como el seguro Presidente para el periodo 1994-2000. Así lo presentaba en primera plana en un tiraje casi inmediato apenas conocida su postulación.1994 Colosio

Nadie imaginaba que sería asesinado en 1994, apenas cuatro meses después, su campaña no “levantaba”, pero también con tal de acercarse del voto de los inconformes, su discurso se alejó de la versión gubernamental del triunfalismo.

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En 1998, dos años antes de las elecciones de julio del 2000, Manuel Bartlett Díaz, priísta de larga carrera, acusado de orquestar el fraude de 1988 cuando fue Secretario de Gobernación con Carlos Salinas de Gortari, se presentaba como el futuro candidato del PRI a la presidencia, con una postura contra los neoliberales dentro de su partido, cosa que nunca renegó mientras estuvo con Salinas. No fue 1998candidato, y en pocos años se integró al Partido del Trabajo (PT), el cual se dice fue creado en 1990 por el presidente Carlos Salinas con los recursos que le daba la famosa “partida secreta” un recurso económico con el cual los presidentes podrían contar sin necesidad de rendir cuentas a nadie; el PT fue creado con el objetivo de fragmentar el voto de la izquierda, y en específico para “golpear” al Partido de la Revolución Democrática (PRD) que en ese entonces contaba entre sus líderes a Cuauhtémoc Cárdenas. Hoy Manuel Bartlett es un aliado de Andrés Manuel López Obrador. Y el PT es un partido que estuvo a punto de desaparecer, sobrevivió gracias al apoyo de la estructura del PRD, pero no tardó nada en traicionarlo.

 

 

En el año 2000, Vicente Fox atrapó el voto de todos los inconformes con el sistema priísta. 2000_FoxEn la noche del 2 de julio del 2000, el grito que sus seguidores coreaban en el Ángel de la Independencia frente a él fue “¡No nos falles!”. Hoy ya sabemos que si les falló. Fox. al igual que Andrés Manuel López Obrador dividía a los electores entre buenos y malos. Buenos si estaban con él, malos si no.

 

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En esos años, un gran número de opinólogos daban por “muerto al PRI”, empero, doce años después regresó. Nada está escrito en las democracias. 2012_PRI

Durante el primer año de gobierno, Enrique Peña Nieto gozaba de amplia popularidad, pero terminó siendo el presidente que más repudio genera según las encuestas de percepción del desempeño presidencial, 2014_Peñaincluso con menor apoyo que Felipe Calderón en su último año de gobierno.

 

 

 

 

En 2005, Hugo Chávez gozaba de salud, y era un líder en la región latinoamericana, no se vislumbraba que se reelegiría por dos periodos más, pero tampoco nadie imaginaba que moriría legando la presidencia a un líder incompetente y autoritario. 2005_Chavez

 

 

 

 

 

Barak H. Obama llegó a la presidencia de los Estados Unidos en 2008; significó romper la barrera racial en una de las democracias de más larga data en el mundo, solo después de Inglaterra. Nadie imaginaba que 8 años después su partido perdiera la presidencia frente a un candidato racista. 2008_Obama