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El desafío populista a las democracias latinoamericanas

Fernando Barrientos

¿Son los países de América Latina propensos al populismo? ¿Todos los populismos son iguales? ¿De qué manera afectan los populismos a las democracias?

El populismo contemporáneo aparece en América Latina en un contexto caracterizado por algunas disonancias como la aceptación de las elecciones como la única vía legítima de acceso al poder, pero al mismo tiempo, y de acuerdo con el Latinobarómetro (1995-2018) una creciente desconfianza hacia los partidos y una permanente percepción de fraude en las elecciones. Igualmente existe una mayor aceptación de la democracia con relación al autoritarismo, pero al mismo tiempo una creciente insatisfacción con sus resultados y mayor polarización. El populismo puede definir una manera de hacer política, a un régimen, a un gobierno, o simplemente actitudes. Como fenómeno político es temido, condenado y criticado, y difícilmente los políticos se asumen como populistas, salvo algunas excepciones como sucedió con Barack Obama en 2016 cuando se autodefinió como populista.

Estudiar al populismo implica tratar de superar algunos problemas epistemológicos y metodológicos. El mismo objeto de estudio presenta varios dilemas, primero, la relación crítica que se guarde frente al mismo, hay posiciones analíticas que ponen al populismo como un fenómeno democrático y hay otras que lo ponen como antidemocrático. Una u otra posición generan ciertos sesgos en la selección de variables y la interpretación. Desde la metodología, las estrategias también presentan problemas, es posible identificar los resultados cuantitativos del populismo, pero éstos pueden ser similares en contextos no populistas, por lo cual la variable explicativa tiende a debilitarse. Por otro lado, si bien las estrategias conceptuales y cualitativas pueden asegurar cierto control sobre las explicaciones, generan por un lado novismo, es decir, la tendencia a re-conceptualizar fenómenos que ya lo han sido orientados por la falsa idea de que el fenómeno en su versión contemporánea es diferente o que al menos requiere reelaborarse para adecuarse. Por otro, se identifican variables que tienden a estar sesgadas por los liderazgos populistas y no por los contextos y estructuras en las que se desenvuelve. Otro problema deriva propiamente de la atención académica que el fenómeno populista tiende a generar. La bibliografía (libros y artículos académicos, y no solamente) tiende a aumentar creando una verdadera Torre de babel en torno al populismo, haciendo casi imposible un diálogo que permita su comprensión.

En este sentido, este artículo tiene tres objetivos, primero, ofrecer una panorámica histórica de los populismos en América Latina identificándolos a partir de una conceptualización no densa y ya probada, segundo, periodizar las olas de populismo en la región tratando de ubicar las variables que lo hacen surgir, pero observando también su duración, y tercero, diferenciar taxonómicamente al populismo a partir de sus características, el contexto y sus resultados.

De esta manera se trata de ofrecer un análisis sintético, didáctico en la medida de lo posible, de un fenómeno que acapara constantemente la atención académica y de la opinión pública, y que genera una serie de confusiones para quienes por primera vez se acercan al mismo.

La constante aparición de gobernantes populistas en América Latina convierte a esta región en una especie de laboratorio político. Es un hecho que el populismo no fue inventado ni es exclusivo de Latinoamérica, pero visto históricamente es posible identificar algunas variables continuas que permiten caracterizarlo, primero, y a pesar de su dificultad, conceptualmente, y segundo, ubicarlo empíricamente.

¿Qué es exactamente el populismo?


Hace algunas décadas Isahia Berlín señaló que el populismo es como el “zapato de Cenicienta”, existe una idea de lo que es, pero es difícil encontrarlo, porque padece de una inexactitud terminológica crónica, pues las experiencias reales pueden diferir ampliamente entre sí. Empero, hay algunos elementos que nos permiten reconocerlo. Tiende a aparecer en contextos de crisis y transformaciones político-sociales; es ambiguo per se, puede ser antiliberal y antisocialista, puede enarbolar un discurso anti-político y ser profundamente político, e igualmente abrazar la democracia y ser autoritario, al mismo tiempo. Kennet M. Roberts (1995) identificó cinco rasgos que permiten ubicarlo: primero, un patrón de liderazgo político personalista y paternalista, no siempre carismático; segundo, una coalición política heterogénea, concentrada en sectores sublaternos de la sociedad; tercero, un proceso de movilización política de arriba hacia abajo que pasa por alto los mecanismos institucionalizados de mediación; cuarto, una ideología amorfa, antielitista y anti establishment, y finalmente, un proyecto económico que utiliza métodos redistributivos o clientelistas ampliamente difundidos con el fin de crear una base material para el apoyo popular.

¿Cuáles son las experiencias populistas en América Latina?


En la región latinoamericana abundan las experiencias populistas. En la primera mitad del siglo XX están los populismos clásicos de Lázaro Cárdenas en México, de Getulio Vargas en Brasil, y de Juan Domingo Perón en Argentina. Luego, durante la segunda mitad del siglo XX aparecen los populismos de fuertes tendencias nacional-populares, como Víctor Paz Estenssoro en Bolivia, Carlos Ibáñez en Chile, Velasco Ibarra en Ecuador, Echeverría Álvarez en México, mientras que en Perú se presentaron los casos de Belaúnde Terry, Velasco Alvarado y de manera muy tardía, Alan García. Otros líderes populistas, que si bien nunca fueron presidentes, si influyeron de manera decisiva en su país, como Haya de la Torre en Perú, Eliécer Gaitán en Colombia, y Cuauhtémoc Cárdenas en México. Para los años noventa del siglo XX, se presenta un tipo de neo-populismo de corte neoliberal, entre los que se encuentran los gobiernos de Carlos S. Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil, Carlos Salinas en México, Alberto Fujimori, en sus inicios, en Perú, y Jorge Battle en Uruguay. Pero el Siglo XXI verá aparecer un nuevo populismo, esta vez anti-neoliberal y muchas veces antidemocrático liberal, precisamente como respuesta al periodo anterior. Entre estos están Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Daniel Ortega en Nicaragua. A estos casos se han sumado en los últimos años Andrés Manuel López Obrador en México, y Nayib Bukele en El Salvador.

Ahora bien, no todos los gobiernos populares son populistas. En determinados momentos a Lula da Silva, así como a Dilma Roussef en Brasil se les calificó de populistas, pero difícilmente entran en esta clasificación, si bien pudieron tener comportamientos populistas, no fue la característica de todo su gobierno. Lo mismo aplica para los gobiernos de José Mújica en Uruguay, y de Michelle Bachelet en Chile, por cierto, el único país de América Latina que ha estado exento de la presencia de gobiernos populistas.

Los populismos también pueden fracasar, sea por factores exógenos o endógenos. Así sucedió con Abdalá Bucaram en Ecuador quien fue destituido pocos meses después de aumir la presidencia por el Congreso alegando incapacidad mental, Manuel Celaya en Honduras que fue depuesto por medio de un Golpe de Estado; y quizás también los casos de Fernando Lugo en Paraguay, y el de Ollanta Humala en Perú, en ambos casos en poco tiempo perdieron legitimidad y terminaron con gobiernos en crisis, y al final y sustituidos por medio de elecciones.

¿Cuándo debemos preocuparnos por la aparición de los populismos?


Los populismos del siglo XXI se caracterizan por aparecer en tiempos de crisis de la democracia, en contextos de debilidad de los sistemas de partidos, por lo cual crean sus propios partidos-movimiento como vehículos de movilización. Ascienden por la vía electoral pero ponen en crisis a las instituciones electorales. Usan de manera intensiva los mecanismos de democracia directa pero cuestionan los resultados de la democracia representativa cuando no les favorecen. Por ejemplo, Chávez y Morales activaron cinco veces los referéndums, y Correa cuatro, mientras que López Obrador activó cuatro consultas fuera de la ley para justificar decisiones ya tomadas, y una sola consulta legal para una pregunta ambigua sobre el actuar de las autoridades. La eficiencia de las políticas populistas a la larga no es muy clara, salvo contadas excepciones, pues tienden a profundizar problemas pre-existentes y que fueron catalizadores de su ascenso, por ejemplo, los indicadores muestran que bajo los populismos aumenta la corrupción y disminuye la eficiencia del Estado de Derecho.

Los populismos del siglo XXI usan intensivamente los medios de comunicación y principalmente las nuevas redes sociales para comunicarse “directamente con el pueblo”, pero al mismo tiempo para denostar a los poderes de control horizontal. Lo más preocupante, están muy cerca de las fuerzas armadas, sea porque son parte de su coalición gobernante como en Venezuela y Nicaragua, o porque las usan para sus “fines sociales”, como en Bolivia y México. Pueden transformarse en regímenes autoritarios como sucedió en Venezuela a la muerte de Hugo Chávez y es lo que está sucediendo en Nicaragua con Daniel Ortega, y en El Salvador con Nayib Bukele, mientras que en México bajo el gobierno de López Obrador, hay fuertes deslizamientos autoritarios que todavía han sido contenidos por las instituciones de control horiontal, pero es importante estar atentos. Las consecuencias del populismo dependen del contexto, si las instituciones de los Estados son fuertes y la democracia está ampliamente aceptada, el populismo puede reconfigurarlos pero sin degradarlos, pero si las capacidades institucionales del Estado son débiles, y la democracia no está fuertemente arraigada pueden derivar en regímenes autoritarios.

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La Lealtad ciega, la Obediencia debida, y el Cumplimiento del deber: mecanismos autoritarios

Cuando Hannah Arendt viajó a Jerusalem como «reportera» del New Yorker en 1960 para presenciar el juicio a Adolf Eichman, le soprendieron varias cosas: primero, el caso en sí, observar de manera directa y por primera vez el juicio a un ex-líder nazi, segundo, el galimatías que llevó a cabo el recién creado Estado de Israel, la justicia judía y el primer ministro Ben-Gurión para enjuiciar de manera ilegal a dicho personaje, pues había sido secuestrado en Argentina y trasladado a Israel bajo una operación de «película» (Operación final), pero sobre todo, la ligereza con la cual Adolf Eichmann aceptaba que había participado en los crímenes contra el pueblo judío. Eichman una y otra vez repetía que él no había cometido ningún crimen, que solo había seguido órdenes. Cuando se publicaron sus primeros textos en el New Yorker en 1963, Arendt fue atacada porqué develó una realidad que no se había (ha) querido aceptar: que algunos líderes judíos «cooperaron» con el exterminio nazi. La polémica obnubiló ese descubrimiento que hoy nos permite poner sobre la balanza los peligros de los regímenes autoritarios y totalitarios: que hay gente insignificante que puede ser partícipe de los más horrendos actos en contra de la humanidad y sentir que, no obstante la gravedad del asunto, está participando en la construcción de un ideal superior. Y mas aún, negar su propia individualidad, negar su criterio, abandonar su libertad de razonar, porque simplemente siguió órdenes. Arendt (Eichman en Jerusalem, un estudio sobre la banalidad del mal) señala que durante el juicio, Eichman señalaba que así eran las cosas, que era imposible negarse a cumplir su deber, y que no solo obedecía órdenes, sino que también cumplía la ley. Pero Arendt señala una cuestión perversa: Eichman invocó sesgadamente a Immanuel Kant para justificar su obediencia. Que había dejado ser dueño de sus propios actos para sustituirlos por los actos del legislador, pero en realidad lo que estaba diciendo era que seguía el imperativo categórico del Tercer Reich de Hans Frank: «Compórtate de tal manera que, si el Führer te viera aprobara tus actos«. A esta capacidad de ciertas personas a seguir racional y conscientemente órdenes para cometer el mal y no cuestionarse sobre ello, abandonar la razón y la ética por un proyecto político, es lo que Arendt denominó la «terrible banalidad del mal«.

En 1987 durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en Argentina se aprobó la Ley de Obediencia Debida, que en pocas palabras, excusaba a todos aquellos militares, que hubieran cometido delitos seguiendo órdenes de sus superiores durante el periodo de la dictadura militar (1976-1983). Un año antes, también se había promulgado también la Ley de Punto Final para establecer la prescripción de los actos criminales durante dicho periodo. Lo que interesa resaltar, es que la Obediencia Debida, así como el «simple cumplimiento» de la Ley en el caso de Eichmann y los nazis, tienen en común la perversa lógica de la Lealtad Ciega que los regímenes autoritarios exigen a sus subordinados, subalternos, seguidores o simpatizantes al proyecto político. Su peligrosidad radica en lo que precisamente encontró Arendt: las masas atomizadas pueden cometer los peores actos cuando se entregan ciegamente a la causa, y no importa que tan equivocado sea el proyecto, pues los líderes autoritarios siempre utilizan la artimaña de la simplificación, y como decía Alexis de Tocqueville “Una idea falsa, pero clara y precisa, tendrá mayor poder en el mundo que una idea verdadera pero compleja”.

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Cuando Giovanni Sartori «criticó» a Hannah Arendt

Extracto de una carta de Mary McCarthy a Hannah Arendt

23 de junio de 1958

Piazza de`Saltarelli 1, Firenze,

Queridísima Hannah

[…] Conocí a un joven profesor de la Universidad de Florencia que conoce bien tu obra y querría conversar contigo, en parte para decirte que no está de acuerdo contigo y en parte para decirte que te admira. Hablamos mucho de ti el sábado pasado. Uno de los puntos de desacuerdo es que él piensa que totalitarismo no se debería usar como sustantivo (no se refiere a una cuestión de estilo), sino únicamente como adjetivo, «totalitario». Porque, afirma, las opiniones no son coincidentes acerca del significado de esa palabra y cita para respaldar su opinión una antología de trabajos sobre el totalitarismo publicada por Carl Friederich el año pasado, en la que, según él, todos los colaboradores empleaban el mismo sustantivo para hablar de cosas diferentes.

Si vienes, te agradará conocerlo, es brillante y bastante insolente. Ha publicado un libro sobre la democracia […] «

Mary McCarthy fue, por años y hasta su muerte, una de las mejores amigas de Hannah Arendt. Cuando le envió esta carta a Arendt, McCarthy pasaba unos meses en Florencia escribiendo The Stones of Florence, obra que se publicaría un año después, en 1959. Giovanni Sartori había publicado en 1957, apenas un año antes de conocer a McCarthy, Democrazia e definizioni (Bologna, Il Mulino, 1957), en cuyo capítulo tercero «Democrazia, totalitarismo e autocracia», analiza los regímenes no democráticos. En 1956, Carl Friederich había publicado junto a Zbigniew K. Brzezinski la compilación Totalitarian Dictatorship and Autocracy, que es la obra de la cual hablaba y que McCarthy citó.

Sartori había revisado la obra de Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo (1951) pero en su obra sobre la democracia solo se limitó a señalar:

«Han sido los llamados a las soluciones dictatoriales que han requerido la atención de los estudiosos sobre esta realidad del demos moderno. Por lo tanto, la literatura referida está principalmente contenida en los estudios sobre los regímenes totalitarios; ó en las investigaciones sobre el sentido de soledad y su correlativo «miedo a la libertad» del hombre de hoy». Hannah Arendt, en Los Orígenes del Totalitarismo, no obstante siendo una obra muy desequilibrada, es representativa del primer tipo de análisis. Aunque la investigación más documentada, no obstante altamente técnica y de complicada lectura es La Personalidad Autoritaria, de T.W. Adorno. (Sartori, 1957: 19, n.)

Sartori no volverá a citar Los orígenes..., pero si citará los subsecuentes artículos de Arendt, sobre todo en Democratic Theory de 1962. Al parecer nunca conoció personalmente a Hannah Arendt. Ni hay respuesta de esa carta.