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La Lealtad ciega, la Obediencia debida, y el Cumplimiento del deber: mecanismos autoritarios

Cuando Hannah Arendt viajó a Jerusalem como “reportera” del New Yorker en 1960 para presenciar el juicio a Adolf Eichman, le soprendieron varias cosas: primero, el caso en sí, observar de manera directa y por primera vez el juicio a un ex-líder nazi, segundo, el galimatías que llevó a cabo el recién creado Estado de Israel, la justicia judía y el primer ministro Ben-Gurión para enjuiciar de manera ilegal a dicho personaje, pues había sido secuestrado en Argentina y trasladado a Israel bajo una operación de “película” (Operación final), pero sobre todo, la ligereza con la cual Adolf Eichmann aceptaba que había participado en los crímenes contra el pueblo judío. Eichman una y otra vez repetía que él no había cometido ningún crimen, que solo había seguido órdenes. Cuando se publicaron sus primeros textos en el New Yorker en 1963, Arendt fue atacada porqué develó una realidad que no se había (ha) querido aceptar: que algunos líderes judíos “cooperaron” con el exterminio nazi. La polémica obnubiló ese descubrimiento que hoy nos permite poner sobre la balanza los peligros de los regímenes autoritarios y totalitarios: que hay gente insignificante que puede ser partícipe de los más horrendos actos en contra de la humanidad y sentir que, no obstante la gravedad del asunto, está participando en la construcción de un ideal superior. Y mas aún, negar su propia individualidad, negar su criterio, abandonar su libertad de razonar, porque simplemente siguió órdenes. Arendt (Eichman en Jerusalem, un estudio sobre la banalidad del mal) señala que durante el juicio, Eichman señalaba que así eran las cosas, que era imposible negarse a cumplir su deber, y que no solo obedecía órdenes, sino que también cumplía la ley. Pero Arendt señala una cuestión perversa: Eichman invocó sesgadamente a Immanuel Kant para justificar su obediencia. Que había dejado ser dueño de sus propios actos para sustituirlos por los actos del legislador, pero en realidad lo que estaba diciendo era que seguía el imperativo categórico del Tercer Reich de Hans Frank: “Compórtate de tal manera que, si el Führer te viera aprobara tus actos“. A esta capacidad de ciertas personas a seguir racional y conscientemente órdenes para cometer el mal y no cuestionarse sobre ello, abandonar la razón y la ética por un proyecto político, es lo que Arendt denominó la “terrible banalidad del mal“.

En 1987 durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en Argentina se aprobó la Ley de Obediencia Debida, que en pocas palabras, excusaba a todos aquellos militares, que hubieran cometido delitos seguiendo órdenes de sus superiores durante el periodo de la dictadura militar (1976-1983). Un año antes, también se había promulgado también la Ley de Punto Final para establecer la prescripción de los actos criminales durante dicho periodo. Lo que interesa resaltar, es que la Obediencia Debida, así como el “simple cumplimiento” de la Ley en el caso de Eichmann y los nazis, tienen en común la perversa lógica de la Lealtad Ciega que los regímenes autoritarios exigen a sus subordinados, subalternos, seguidores o simpatizantes al proyecto político. Su peligrosidad radica en lo que precisamente encontró Arendt: las masas atomizadas pueden cometer los peores actos cuando se entregan ciegamente a la causa, y no importa que tan equivocado sea el proyecto, pues los líderes autoritarios siempre utilizan la artimaña de la simplificación, y como decía Alexis de Tocqueville “Una idea falsa, pero clara y precisa, tendrá mayor poder en el mundo que una idea verdadera pero compleja”.

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Cuando Giovanni Sartori “criticó” a Hannah Arendt

Extracto de una carta de Mary McCarthy a Hannah Arendt

23 de junio de 1958

Piazza de`Saltarelli 1, Firenze,

Queridísima Hannah

[…] Conocí a un joven profesor de la Universidad de Florencia que conoce bien tu obra y querría conversar contigo, en parte para decirte que no está de acuerdo contigo y en parte para decirte que te admira. Hablamos mucho de ti el sábado pasado. Uno de los puntos de desacuerdo es que él piensa que totalitarismo no se debería usar como sustantivo (no se refiere a una cuestión de estilo), sino únicamente como adjetivo, «totalitario». Porque, afirma, las opiniones no son coincidentes acerca del significado de esa palabra y cita para respaldar su opinión una antología de trabajos sobre el totalitarismo publicada por Carl Friederich el año pasado, en la que, según él, todos los colaboradores empleaban el mismo sustantivo para hablar de cosas diferentes.

Si vienes, te agradará conocerlo, es brillante y bastante insolente. Ha publicado un libro sobre la democracia […] “

Mary McCarthy fue, por años y hasta su muerte, una de las mejores amigas de Hannah Arendt. Cuando le envió esta carta a Arendt, McCarthy pasaba unos meses en Florencia escribiendo The Stones of Florence, obra que se publicaría un año después, en 1959. Giovanni Sartori había publicado en 1957, apenas un año antes de conocer a McCarthy, Democrazia e definizioni (Bologna, Il Mulino, 1957), en cuyo capítulo tercero “Democrazia, totalitarismo e autocracia”, analiza los regímenes no democráticos. En 1956, Carl Friederich había publicado junto a Zbigniew K. Brzezinski la compilación Totalitarian Dictatorship and Autocracy, que es la obra de la cual hablaba y que McCarthy citó.

Sartori había revisado la obra de Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo (1951) pero en su obra sobre la democracia solo se limitó a señalar:

Han sido los llamados a las soluciones dictatoriales que han requerido la atención de los estudiosos sobre esta realidad del demos moderno. Por lo tanto, la literatura referida está principalmente contenida en los estudios sobre los regímenes totalitarios; ó en las investigaciones sobre el sentido de soledad y su correlativo “miedo a la libertad” del hombre de hoy”. Hannah Arendt, en Los Orígenes del Totalitarismo, no obstante siendo una obra muy desequilibrada, es representativa del primer tipo de análisis. Aunque la investigación más documentada, no obstante altamente técnica y de complicada lectura es La Personalidad Autoritaria, de T.W. Adorno. (Sartori, 1957: 19, n.)

Sartori no volverá a citar Los orígenes..., pero si citará los subsecuentes artículos de Arendt, sobre todo en Democratic Theory de 1962. Al parecer nunca conoció personalmente a Hannah Arendt. Ni hay respuesta de esa carta.