La transición eterna


Soledad Loaeza: Entre Lo Posible y lo Probable

Si el PRI gobernó durante 71 años, de 1929 a 2000, y si tomamos como origen de la transición 1968, entonces estuvo 32 años en transición!. ¿Es esto lógico? (me pregunto)

Entre lo posible y lo probable

Entre lo posible y lo probable

Los estudios sobre las transición a la democracia u otros regímenes han tenido diversas olas de auge dependiendo los eventos históricos que se han presentado: los procesos de descolonización en Africa en los años 60’s , los “quiebres de las democracias” en America Latina y las transiciones en Grecia, Portugal y España en los años 70’s y principios de los 80’s, luego las democratizaciones en AL en los ochenta y noventa, así como aquellas nuevas democracias que surguieron en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín.

Existen diversas definiciones de transición, pero todas coinciden mas o menos con aquella de T. Karl y P. Schmitter: “el paso de un régimen a otro”. Tambien se coincide en que una transición es coyuntural, y por lo tanto, dura poco. Lo que sigue es ya otra cosa, la consolidación o no de un régimen. Una transición tiene momentos clave que identifican el antes y el después: la caida del Muro a la reunificación de las dos Alemanias; en España, los acuerdos de Moncloa a las primeras elecciones; en Argentina, la salida de los militares a la elección del primer presidente civil, y así en otros casos.

En México ¿Cuando empezó la transición? ¿Cuando terminó? Sobre ésta última pregunta, no hay duda: una vez que pierde el PRI en el año 200o la presidencia después de haber gobernando por 71 años de forma ininterrumpida.

El problema es identificar el antes, es decir, el momento de inicio de la ruptura. El caso es dificil porque el PRI no era una dictadura. Aunque Vargas Llosa, con la libertad que se puede dar un literato, haya llamado al régimen del PRI como la “Dictadura Perfecta”, ello no es así. Un politólogo por lo menos tendría que forzar la masa de argumentos que contradicen dicha definición antes de aceptarla. Era un autoritarismo civil, sin duda.

Para la profesora de El Colegio de México, Soledad Loeza, los origenes de la “transición” en México, están en 1968.

Aceptar este argumento, así como criticarlo, no es fácil. La autora da buenas razones para suponer que las movilizaciones que dieron origen al 68 mexicano tuvieron un impacto en los procesos políticos posteriores de las décadas subsecuentes. No obstante, todavía quedan dudas:

Si el PRI gobernó durante 71 años, de 1929 a 2000, y si tomamos como origen de la transición 1968, entonces estuvo 32 años en transición!. ¿Es factible afirmar que un sistema es tuvo más de una tercera parte de su existencia en transición? (Otro que asume que México tuvo un proceso de transición de ésta naturaleza, es César Cansino en La Transición Méxicana, 1977-2000)

El problema de este argumento es la temporalidad. La autora parece estar más de acuerdo, en su capítulo “La crisis electoral del 6 de julio de 1988”, que fué precisamente éste año, y no el 68 el inicio de la transición. Sin embargo no lo hace explícito, y por lo tanto, en esta perpectiva, se distorsiona la idea de ‘transición’ en México. Más aún, algunos han seguido esta idea mal entendida.

Ya en el Capítulo “Transición por transición” la autora ofrece una definición que desafortundamente sólo se aplica al caso que ella estudia (México) porque dificilmente podría ser una definición que viaje a otros contextos, en el sentido sartoriano del término:  “El paso de un régimen de partido hegemónico a uno pluripartidista”.

Esta definición también es problemática: ¿Cuantas transiciones en el mundo han tenido esta característica? Seguramente muy pocas (Japón es un caso similar al mexicano, uno de los pocos).  Si un régimen se transforma de un sistema de partidos pluripartidista a uno de partido dominante (que no es lo mismo que hegemónico) ¿Esto no es también una transición?

El libro de la Profesora Loaeza, compuesto por 9 capítulos, es en realidad una recopilación de algunos de sus más significativos trabajos que la autora ha publicado en diversas revistas, la mayoría académicas. El hilo conductor es que la transformación del sistema político mexicano ha sido una consecuencia de cambios en la sociedad, en específico, de un sector que fué creciendo durante la segunda mitad del siglo XX: las clases medias.

El último capítulo, “La desilusión mexicana”, es uno de los poco análisis no cuantitativos sobre las elecciones de 2006 que no cae en argumentos viscerales de parcialidad a favor de uno u otros partidos. (Como algunos de los más respetados profesores de El Colegio de México lo han hecho).  La autora hace una seria reconstrucción de los hechos y en base a una perspectiva histórica, explica -y esto es su mérito- algunas de las posibles respuestas a los porqués de las movilizaciones en contra de un resultado electoral tan cerrado, sobre todo, los elementos estructurales que existen detrás de las formas de hacer política en México que tienden a tener poco respeto por las instituciones de la democracia.

Hace algunos años, Thomas Carothers escribió un excelente artículo en Journal of Democracy: The End of Transition Paradigm, en 2002. Argumentando sobre todo que el centro del paradigma de los transitólogos, es decir, la democracia, había fracasado rotundamente. El profesor Guillermo O’Donnell elaboró una respuesta muy bien fundamentada hacia la crítica de Carothers.

En México hace falta fortalecer el debate sobre ¿que tipo de democracia tenemos? o ¿que tipo de democracia estamos construyendo o queremos?. La transición terminó hace mucho, y recurrir al paradigma de la transición para explicar (quejarse) la democracia en México, no deja ver las cuestiones realmente importantes de la cuestión: la democracia, es así, no es perfecta, se construye a diario.

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