Archivo mensual: junio 2018

El peso de la derrota ¿a dónde van los ex-candidatos presidenciales?

Los sistemas presidenciales se caracterizan por tener elecciones de suma cero, es decir, el que gana se lleva todo. Es natural porque los sistemas son de mayoría (relativa o absoluta con segunda vuelta), donde los restos no cuentan, no tienen representación, se desperdician. En las campañas electorales por alcanzar la presidencia, partidos y candidatos invierten esfuerzos políticos, monetarios, humanos, etc., pero al final solo uno ganará. Perder una elección presidencial puede significar para muchos políticos el fin de su carrera, en cambio, otros utilizan la exposición pública para mantener viva su carrera. Empero pesará sobre ellos la imagen de candidato perdedor. No es lo mismo ser el perdedor que quedó en segundo lugar ó el tercer lugar, o un perdedor que por el simple hecho de competir en la elección presidencial pasará a la historia como uno de los candidatos.

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En México (1994-2018) el número de candidatos no ha sido muy elevado, salvo el caso de la elección de 1994. Dominan los hombres como candidatos, pero se ha mantenido la presencia de al menos una candidata, con excepción del año 2000. Cabe recordar que en el año 1994, se presentaron dos candidatas mujeres, una de ellas con una amplio historia familiar en la política. Los partidos han optado por participar en coalición, lo que implica que el impacto de la la derrota se centra en el candidato. Lo cual es mayormente significativo cuando el partido pierde el registro, como sucedió con el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), el Partido de Centro Democrático (PCD) y el Partido Democracia Social (DS) en el año 2000. Pero mientras para los dos primeros significó su desaparición, para el tercero supuso el lanzamiento de la socialdemocracia en el país, apareciendo como un partido nuevo en el 2003. Para las elecciones de 2012 y 2018 dejan de aparecer los “partidos plataforma”, como el PCD en el 2000 o el Socialdemócrata en el 2006, centrados en el candidato presidencial. La novedad del 2018 el es “partido movimiento”, centrado en el candidato presidencial (líder carismático en el sentido weberiano) pero con una amplitud que permea otros cargos: gobernadores, legisladores y presidentes municipales, pero la estructura gira en torno del líder-candidato-presidencial, sin posibilidad de que los seguidores sobresalgan si no es por la gracia del dirigente carismático.

Un número importante de ex-candidatos se mantienen en la política partidista y se postulan para otros puestos de elección: Cárdenas perdió en 1994, pero en 1997 ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México; Diego Fernández perdió en 1994 pero se convirtió en Senador en el año 2000; Francisco Labastida perdió en el año 2000, pero en el 2006 fue elegido senador. Manuel Camacho perdió en el año 2000 y fue postulado a diputado en 2003, y fue senador en 2012.

Otros candidatos perdedores se mantienen en la política sin optar de nuevo por cargos de elección, Muñoz Ledo renunció a su candidatura a favor de Vicente Fox en el año 2000 y hoy es cercano a López Obrador, Rincón Gallardo se mantuvo activo en la política hasta su muerte, y Cecilia Soto ha trabajado en los medios y como funcionaria. Josefina Vázquez Mota, a pesar de haber perdido, en parte por las pugnas al interior de su partido y el nulo apoyo del grupo del entonces Presidente en turno, Felipe Calderón, se ha mantenido en la política pero volvió a acumular otra derrota en 2017 al quedar en cuarto lugar en la elección de gobernador del Estado de México.

El caso quizá más interesante es el del candidato que una vez derrotado es exiliado de la política por sus propios correligionarios. Roberto Madrazo tiene una historia similar a la del actual (2018) candidato del PAN Ricardo Anaya. Logró imponerse como presidente de su partido y luego como candidato del PRI. Pero en su ambición por ser candidato polarizó a los miembros del partido, que se mantuvieron unidos mientras fue candidato, pero una vez que perdió, desapareció prácticamente de la política.

Perder una elección presidencial no es el fin de una carrera política, pero es claro que las cosas no volverán a ser iguales, ni mejores. La derrota pesará como una loza durante el resto de su carrera.

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¿Para que sirve un debate?

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Decía Cicerón en De la Invención retórica, que la habilidad de la retórica o elocuencia, es un oficio que tiene por objeto decir las palabras adecuadas para persuadir, sin olvidar que puede ser tanto para un bien como para un mal. Cicerón señalaba que la sabiduría sin elocuencia estorba igual a los hombres como a las ciudades. La elocuencia trata de persuadir a los hombres a que cambien su naturaleza o sus costumbres. Pero en las grandes ciudades, pueden aparecer hombres incultos que mienten en sus discursos, y pueden aparecer como superiores a los veraces. Así las repúblicas se han corrompido por aquellos que perversamente violaron el don de la elocuencia. Pero también su estudio y práctica debiera ser una actividad honrosa porque los malos por mucha elocuencia que tengan nunca podrán superar a los buenos.

Max Weber por su parte, consideró que en las sociedades modernas más que nunca la política se hace cada vez de cara al público, y con los medios de comunicación actuales -la radio, la televisión y la internet- el público se desdobla en el espacio y en el tiempo. El medio del político es entonces la palabra, y su buen uso político con la lucha y la pasión. Pero la demagogia siempre está presente, pues es una fuente de convencimiento de los políticos, pero también es la raíz de la degradación de la democracia.

Técnicamente un debate político entre quienes desean alcanzar un cargo público debería permitir a los electores observar en los políticos su capacidad de persuadir, de tratar de cambiar nuestra percepción sobre la política, sobre el gobierno y los problemas públicos. Pero un político que solo habla frente a una cámara sin confrontación, sin contraste de ideas, sin comparación, es simplemente un demagogo. ¿Es posible distinguir la calidad de un político respecto de otro si todos se someten a un formato que los homogeneiza? La retórica del buen político debería imponerse sobre aquella del mal político si las palabras fluyen ¿Cómo podemos distinguir esa capacidad oratoria cuando se permite que el peso de las inercias burocráticas se impongan sobre aquello que debería?

Estos son los problemas de la organización de debates entre candidatos en las elecciones de 2018 que prácticamente todas las instituciones electorales (nacional y locales) de México han repetido como si fuera un acuerdo general: estandarizar, homogeneizar, burocratizar, limitar, imponer temas y sometimiento de la capacidad oratoria. El diseño de los debates electorales en México pondría a Max Weber contento (o triste, depende) por ver cumplida su profecía de la tendencia burocratizadora de las actividades humanas, y más aún, del autosometimiento a la estandarización en pro de la democracia. Algo tremendamente inaudito y sobrecogedor.

La posibilidad de observar y evaluar en su hábitat a los políticos que desean el voto de los ciudadanos deberían ser precisamente los debates. La solución por supuesto que no es burocrática no estandarizadora, sino que podría estar inspirada en la lógica de los Hermanos Marx o si desean de la pluma de Jorge Ibargüengoitia: lanzarlos a un ruedo, y que libremente hablen, se confronten, se comparen. Que se muestren como son a los ciudadanos. Un debate no es para proponer ideas y soluciones, eso se hace en el programa del partido ó el candidato y se promueve en las campañas. Un debate no es declarar buenas ideas, sino de desenmascarar las malas. Ojalá y reaccionemos pronto.