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La Crítica Cómoda: a propósito de los 60 años de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

La UNAM es un crisol donde conviven más vicios que virtudes. Quien o quienes sobresalen en esa Universidad  (académicos y estudiantes) lo hacen por su esfuerzo personal y no por el esfuerzo de la comunidad. Pero los discursos que en los últimos años han proliferado por parte de sus autoridades (entiéndanse Rectores y Directores) hacen creer a varios sectores de la sociedad que la UNAM es un lugar de libertad e igualdad, que los logros científicos son gracias a la institución, cuando en realidad son gracias a algunas personas que “aguantan” a la institución. Allí si se consuma el dicho: dime de que presumes y te diré de que careces.

Conviene parafrasear las palabras de Guillermo Scheridan: la crítica al interior de la UNAM no puede ejercerse sin arriesgarse a irritar a colegas o afectar intereses, pues en México se entiende que el que se mete con la familia no es buen juez o es un suicida. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de dicha universidad, se forma parte de la conciencia crítica de la sociedad mexicana, y en efecto, es un lugar dónde una de las primeras cosas que uno aprende es a criticar a los autores que se leen como un primer paso para criticar a los sistemas económicos, políticos y sociales en toda su amplitud. Las discusiones en sus aulas son espacios dónde se pueden expresar opiniones sin cortapisas, y los profesores son uno más, y casi nunca son por sí mismos, el centro de atención. Pero es también la Facultad dónde quizá lo que más falta es la autocrítica. Es un vicio que se ha reforzado por su ausencia.

En el año 2011 la “gloriosa” Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM cumplió 60 años. De su historia, fines, logros, personalidades que han egresado de sus aulas, etc. se ha escrito mucho, pero de la falta de autocrítica que adolece nada o casi nada. Hace algunos meses algunos alumnos pintaron en el pavimento a la entrada de esta facultad “cuna del científico social”. Es factible preguntarse ¿Es posible formar científicos sociales sin autocrítica? Si. La FCPyS lo hace.

Quizá pueda considerarse trivial, pero sus instalaciones son un reflejo de cómo se entiende la sociedad en esa facultad, más aún, cómo se estudia y entiende lo público sin hacer nada por lo público ni respetarlo. La FCPyS está alejada del centro de la UNAM, aislada. Se encuentra  en la periferia de la Ciudad Universitaria, patrimonio de la humanidad. Sus edificios no tienen diseño, son una masa de cemento en medio de un terreno, con huecos que sirven de aulas. Pero tenía hasta hace unos años un espacio de convivencia, dónde lo público se hacía público. Una especie de ágora, pequeña, pero al fin ágora. Esa pequeña plaza servía de centro de discusión, de radicales y moderados. Allí se debatió el cierre o no de la Universidad a mediados de 1999, cuando estalló la peor huelga que ha sufrido la UNAM, la peor porque no se consiguió nada. Pero el espacio existía. Hoy es un mercado. Y no es una metáfora. La FCPyS no se distingue de un mercado de ‘fritangas’ o de esos mercados de comida que se encuentran en algunos centros como en Coyoacán o Tlalpan en el Distrito Federal. Sólo se alcanza a percibir que es una facultad porque se pueden ver a personas con libros y cuadernos, con su lap top o su mochila al hombro, son alumnos y profesores, pero la plaza ya no es esa ágora, es un mercado. Hasta los ‘intelectuales’ tienen necesidades fisiológicas. No son seres que por tener suponer tener una capacidad de pensamiento superior al común de las personas dejen de tener esas necesidades naturales. Ir a uno de los baños de la FCPyS es penoso. Año con año mejorarlos es una demanda de los estudiantes y una promesa que se cumple a medias. Cuando se cumple, esos estudiantes, los futuros científicos sociales comprometidos, con la labor de proponer políticas para resolver los problemas del país, se encargan de arruinar su propio espacio y su propias instalaciones.

Un estudiante de la FCPyS sabe que debe tomar entre 4 y 6 materias por semestre dependiendo de la carrera que estudie. Poco a poco se va acostumbrado que de esos 4 o 6 profesores sólo uno o dos son muy buenos en su área. Quizá algunos de ellos vaya a dar clases la mitad del semestre, porque un gran número de las “vacas sagradas” de las que se enorgullece la facultad sólo se paran en el aula al inicio y si bien les va a los alumnos, al final del curso. Mucho trabajo se deja a los profesores adjuntos, muchos de ellos son alumnos destacados de los últimos semestres de las licenciaturas o algunos del posgrado. Pero en realidad son pocos. La mayoría solo quiere ser adjunto por “el contacto”, para el curriculum, o porque necesita solventar de esa manera el requisito del servicio social sin el cual no puede titularse. Es entonces que el alumno de la gloriosa FCPyS debe aguantar su ignorancia y prepotencia, una especie de patente de corso que el profesor de la materia le otorga para que haga y deshaga en el aula. Y no existe ningún control sobre ello.

Y como sucede en otras universidades, en la UNAM es muy complicado si no inútil criticar a la izquierda mexicana, y en específico a sus Mesías. Más aún, de las filas de la UNAM surgen los “intelectuales orgánicos” que alimentan la ideología -no las ideas, no es lo mismo- de la izquierda. Entonces se hace difícil criticar, esa actividad tan cacareada pero poco santificada en esa Facultad. Pero sería equivocado decir que sólo sucede allí.

La falta de autocrítica es un virus que impera en todas las Universidades Mexicanas, y espero que no en todas las latinoamericanas. En estados de la república conservadores y con electorados tendientes a votar por la derecha, también se busca censurar, acallar y detener la crítica a los partidos de derecha, a la iglesia y al conservadurismo. Ya no digamos en aquellos estados dónde el PRI es mayoría, allí ha renacido la simbiosis con dicho partido, que al igual que en la UNAM, busca a sus ideólogos sin ideas (sí, y no es un error conceptual).

La ausencia de autocrítica es funcional a las actuales reformas al sistema universitario mexicano. El actual gobierno federal en manos del PAN ha preferido subsidiar a las Universidades Privadas en detrimento de las públicas. Y la falta de autocrítica, o más bien, el ejercicio de la crítica cómoda que se practica en las universidades públicas ha hecho pasar esta política de impacto negativo sin ninguna que se levante y haga presión. Eso sí, en algunos años nos estaremos quejando, pero será ya demasiado tarde.

Nota: Me negaba a creerlo. Hace algunos años me comentaron unos colegas que en los años 90’s, en el Centro de Investigación y Docencia Económicas A.C. (CIDE) con la llegada de un famoso y distinguido académico como Director, se inició un proceso de “des-ideologización” de este Centro de investigación. Las vías fueron dos.La primera, reemplazar a la planta de profesores (muchos venían de Argentina y Uruguay, eran sociólogos o economistas) por nuevos perfiles con Doctorado, principalmente en universidades anglosajonas; esta vía es “normal”, si se quiere decir. Pero la segunda es escandalosa, y me negaba a creerlo hasta ahora que he conocido a más egresados de esos años que me lo confirman: se llevó a cabo una “limpia” de la biblioteca, los libros de marxismo y las teorías de la dependencia fueron destruidos o desechados para dejar espacio a nuevos textos más “actuales”. Algunos han exagerando comentando que los destruyeron e incluso se dice que los quemaron. Lo interesante es encontrar que en el CIDE, un centro elitista y meritocrático, que se ha aislado de las lógicas de las universidades medias y grandes que muchas veces inhiben la innovación, para precisamente dedicarse a hacer ciencia, se lleven a cabo prácticas no científicas parecidas a las de la Santa Inquisición. Si es chisme, se ha hecho grande y allí queda. Si es verdad, debe ser una vergüenza.

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Política y Ciencia Política

La política ignora la ciencia política, y ésta, a su vez, no se preocupa por la política

Godoy, en la Presentación de la Revista Latinoamericana de Ciencias Políticas, 1970: 5

“…en todo pueblo existe una mala disposición y un recelo contra los que ejercen la política, y sospecha que se han realizado como fruto de una confabulación muchas de las medidas benéficas…”

Plutarco, Consejos políticos:813,A

“Hace casi trescientos años se sorprendía Usbek de mucho de lo que veía en Europa: anotaba por ejemplo, como cosa rara, que el ‘Derecho Público’ era una ciencia que enseñaba a los príncipes hasta dónde podían atropellar la justicia sin menoscabo de sus propios interese. Hoy se asombraría, con la misma razón, de que llamemos Filosofía Política o Ciencia Política a un saber que desprecia y casi desconoce los intereses y necesidades de los políticos”

Fernando Escalante, El Principito o al Político del porvenir, 1995: 11

Hacer las cosas a la mexicana

Hay muchas frases que los mexicanos gustan de gritar a los cuatro vientos pero quizá la que mejor nos retrata es la que se relaciona con el hacer, con el trabajo que, dependiendo su intensidad, es lo único que ha llevado a sobresalir a otras sociedades: “hacer las cosas a la mexicana”. Una frase clásica que retrata todo el ser mexicano.

¿Qué significa hacer las cosas a la mexicana? Significa hacer las cosas mal o a medias, no poner empeño, hacer que las cosas salgan porque tienen que salir, no porque se desee hacer algo bien. Significa tratar de hacer lo menos y con el menor esfuerzo posible, pero eso sí, exigiendo que se valore ese trabajo a un precio que no lo tiene. Sería injusto decir que no existen trabajadores –en el más amplio sentido del término- mexicanos que no se empeñan en su labor, pero no se trata de individualidades, sino de una cultura.

Es una cultura que permea todos los ámbitos, en algunos más y en otros menos, pero permanece y es parte del mexicano. Ese hacer a la mexicana es un patrimonio intangible del país que debiera ser erradicado.

A la mexicana se viaja en unas cosas que parecen autobuses de pasajeros pero en realidad son para cargar ganado. Es posible que en ningún país del mundo exista un desprecio tan grande por el peatón y un desgano total por eficientar el transporte público.

Pero los mexicanos parecen contentos de transportarse a la mexicana, no protestan porque su calidad de vida se reduzca: la gente invierte en zonas urbanas más del una hora sólo para transportarse de la casa al trabajo, y en la Ciudad de México la media es de 2 horas! Este desprecio por el espacio público lleva a que los mexicanos utilicen más el auto –un símbolo de estatus más que un simple medio de transporte- con sus ya conocidas consecuencias.

Los mexicanos cuando cometen errores no son responsables, para ellos todo hecho que les afecta es un acto del mal, de una fuerza extraña, o la conjunción de sujetos que se confabulan para hacer daño.

En todos los países se tiende a pensar, en mayor o menor medida, que cada nación o cultura es el centro del mundo, que todo gira alrededor: los argentinos, los estadounidenses, los franceses, los chinos… etc. así lo creen. La diferencia con los mexicanos es que lo creen por ignorancia. México no es el centro del mundo, desde lo lejos se le ve como un país con ciertas excentricidades culinarias y centro turístico de grandes pirámides, país de origen de algunos grandes escritores, y refugio de algunos intelectuales geniales, pero no sobresale por su ciencia o por exportar su cultura. No obstante el subdesarrollo, los mexicanos viajan, y lo hacen mucho. Pero para ellos los viajes no ilustran, sólo sirven para adornar el ego.

La inferioridad es venerada como un fin o deseo permanente. Las expresiones más comunes de los mexicanos son como las de un niño de doce años: “denos”, “no han hecho”, “nos han hecho”, “los ricos”, “el gobierno”, “los políticos”, “los poderosos”, “los extranjeros”, “las potencias mundiales”… Todos, sobre todo los políticos y el gobierno, son culpables menos los mexicanos, ellos no son responsables de su subdesarrollo y de su inferioridad. México es un país que no desea crecer.

Versión sintética, la completa se publicará en http://www.centrodeinteligenciapolitica.com/