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La burocratización de la ciencia ó como hacer que la actividad científica se atrofie

La actividad científica es una tarea que pocos anhelan; dedicarse profesionalmente al desarrollo de la ciencia es una vocación. Ni los incentivos ni los beneficios personales para dedicarse a éstas tareas son materiales; pero, si hay ganancias, son las únicas que se distribuyen de manera amplia e impersonal, pues benefician a sociedades enteras. Es una verdad que los países más desarrollados, pero sobre todo aquellos que tienen mejor calidad de vida, son dónde la actividad científica es socialmente reconocida, por lo que la inversión social (pública y privada) en tales actividades es sustancialmente mayor que en aquellos países dónde la ciencia es menospreciada, incomprendida y/o subvalorada.

En México, según la “Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología” (Enpecyt) de 2015: poco más del 70% de los encuestados señalaron que los mexicanos creen más en la fe que en la ciencia; casi el 50% cree que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir artificial y deshumanizada; más del 75% cree que la homeopatía, la acupuntura y la quiropráctica son medios adecuados para el tratamiento de enfermedades; el 40% cree que algunas personas tienen poderes psíquicos; y casi el 50% cree que los científicos son peligrosos debido al conocimiento que poseen. A pesar de éstos datos, casi el 80% confía en los científicos que trabajan en las universidades y centros de investigación públicos y privados, y casi en la misma medida confían en los médicos, en los escritores e intelectuales; muy por arriba de los líderes religiosos y políticos que tienen más del 70% de desconfianza.

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La información de la “Enpecyt” muestra que en México existe un desconocimiento de lo que hacen los científicos, a pesar de que son bien valorados. Unas de las tareas que deberían ampliarse son las actividades de divulgación. Si la sociedad paga de manera indirecta a través de sus impuestos las actividades científicas, igualmente debería estar más informada de tales actividades y sus resultados. Empero vivimos en un mundo al revés: el gasto público federal para la ciencia, tecnología e innovación que se distribuye en diversas instituciones, incluido el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), se ha reducido aproximadamente un 3% cada año desde 2010; empero el presupuesto para partidos políticos y las instituciones electorales no ha dejado de crecer a pesar del descrédito que padecen, por no hablar de su ineficiencia en una tarea que debería ser menos compleja.

En éste contexto, el Conacyt decidió modificar la plataforma electrónica del Currículum Vitae Único (CVU) que deben llenar año con año todos los investigadores y alumnos de posgrado que reciben recursos gestionados por dicha institución. En su mensaje institucional, el Conacyt se jacta de facilitar la captura de información porque elimina la captura libre. Es sorprendente el nivel de ignorancia de la actividad científica de quienes elaboraron y aprobaron el funcionamiento de ésta nueva plataforma: supone de manera acrítica que los índices Thompson y Scopus son los únicos referentes de la buena ciencia, y en su afán de “seguir estándares internacionales” borraron con un teclado un número significativo de instituciones científicas importantes en las cuáles muchos científicos se han formado pero que los burócratas del Conacyt desconocen. El 10 de julio un grupo de investigadores del CIESAS envió una carta al director del Conacyt señalando las inconsistencias de esa nueva plataforma que no hace más que aumentar el burocratismo al que está sometida la comunidad científica del país, en resumen, los investigadores del CIESAS señalan que esos criterios no son idóneos para dar cuenta de la actividad científica al rigidizar y homogeneizar una actividad que es precisamente heterogénea y abierta para obtener buenos resultados.

Para quienes no están familiarizados con la actividad científica quizá sea un nimiedad “quejarse” por el cambio de una plataforma, empero no lo es. Más aún, en las universidades públicas estatales las tareas científicas están hiperburocratizadas al grado que es factible afirmar que un profesor-investigador pasa igual tiempo o más llenando formatos que investigando ó dedicándose a las actividades de docencia y divulgación: oficios para solicitar un aula para una conferencia, para pedir apoyos para asistir a un congreso, para recursos para publicar un libro, etc., y por lo regular a una ó dos instancias dentro de la misma institución. Casi todos los investigadores deben dedicar tiempo y esfuerzo a llenar al menos tres plataformas que no son compatibles y que tienen estándares diferentes entre una y otra, en las cuáles deben capturar sus actividades de docencia, investigación, divulgación y actividades administrativas, si las tienen.

I) El CVU del Conacyt, que ha sido objeto de varias críticas ya desde su creación, por la rigidez con la que está conformado. Ésta plataforma funciona esencialmente para tres objetivos: para evaluar a los investigadores que desean ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), a los alumnos que desean estudiar un posgrado con financiamiento del Conacyt y, a los investigadores o grupos de investigación que participan para obtener fondos para financiar proyectos de investigación básica o aplicada. Pero el SNI es como la cárcel, muchos de los que están no deberían estar, y viceversa, muchos no están y deberían de estar. ¿Porqué? La hiperburocratización del CVU del Conacyt y del proceso de evaluación abre muchas ventanas de oportunidad para la deshonestidad intelectual. Con tal de no perder la membresía y el estímulo, se han generado prácticas para engañar al sistema: libros coordinados sin verdadera coordinación, duplicación de publicaciones sin mejoras entre una y otra, constancias ad hoc para aumentar el curriculum, titulación de alumnos de posgrado con bajos estándares con tal de mantener los índices de titulación, etc. Lo más patético son los casos de seudoinvestigadores que han llegado a las instancias judiciales porque no logran la membresía en el SNI. La razón: la evaluación a través del CVU se ha convertido en una especie de álbum de colección, suponiendo que el que tiene más “estampitas” es mejor investigador, lo cual es falso. La homogeneización puede fortalecer este tipo de prácticas porque sigue fomentando el número sobre la calidad, y confunde la calidad con los indicadores bibliométricos. Un libro o artículo también puede ser citado porque es malo, para alertar a la comunidad científica a no leerlo o seguirlo por sus malos resultados, pero el indicador no valora ello.

II) La plataforma del Currículum del Programa para el Desarrollo Profesional Docente, para el Tipo Superior (PRODEP, antes PROMEP), que apoya a los profesores de tiempo completo en su integración a las universidades, para desarrollar proyectos de investigación, para solicitar recursos para hacer un posgrado entre otras a nivel individual, pero también para registrar las actividades de los Cuerpos Académicos (CA). El problema de ésta plataforma es que no es compatible con aquella del CONACYT, lo que implica duplicar el tiempo de un investigador. Al igual que con el SNI, en el PRODEP aparecen diversas prácticas que a los ojos de muchos quizá no sean deshonestas pero poco o nada aportan al desarrollo científico.

III) Finalmente, la plataforma que cada Universidad pública estatal tiene para capturar la productividad de sus profesores a lo largo de cada año para acceder a los estímulos o becas académicas. Los salarios de los profesores-investigadores son bajos y los estímulos son un incentivo para mantenerse en esta carrera. A diferencia de la UNAM dónde la evaluación tiene una temporalidad más amplia, en prácticamente todas las universidades estatales cada año los investigadores deben presentar documentación que demuestre que trabajaron durante ese año para ser evaluados en una plataforma que no es compatible ni con el CVU del Conacyt ni con aquella del PRODEP. En algunas universidades la asignación de los estímulos está sujeta a los vaivenes de la política universitaria interna (cómo sucedió por la corrupción de las últimas administraciones en la Universidad Autónoma de Nayarit ó el caso de la Universidad de Sinaloa, que uno de sus ex-rectores la convirtió en una universidad-partido), pero en general las administraciones universitarias están sujetas a los presupuestos federales y por tanto a someter cada año a sus investigadores a ésta evaluación. Los criterios entre universidades y centros de investigación son diferenciados, derivado de que las burocracias son anticientíficas; solo por poner un ejemplo: mientras en unas universidades y centros de investigación publicar un artículo en una revista indexada en Thomson y Scopus posibilita alcanzar prácticamente la mitad de los estímulos a los que se accederá, en otras un artículo de las mismas características apenas vale lo mismo que presentar tres constancias por asistir a unas conferencias como oyente.

En la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a la cuál pertenece México y por lo tanto es comparable, el salario de los científicos en las universidades y centros de investigación es alto y por lo tanto no está sometido a evaluaciones anuales absurdas. Se reconoce que un buen científico requiere tiempo para producir, que un buen resultado científico no se logra “año con año” y que un buen artículo académico puede tardar más de tres años en ser publicado. Se aplican reglas académicas, no burocráticas. Obtener el Doctorado es un proceso académico, en el cuál se debe demostrar capacidad para investigar, y por lo tanto es una habilitación para dedicarse a la vida científica. En México la creación de programas de doctorado sin rigurosidad, peor aún, sin verdadera investigación, la falsa idea del escalafón: licenciatura-maestría-doctorado, ha creado “recursos humanos” que deberán dedicarse a la ciencia pero no tienen la vocación, doctores que cuando se integran a la vida académica se sienten cómodos con la política del papel, del documento, de la constancia de asistencia, y del capítulo en el libro homenaje. Nada de eso sirve a la ciencia, pero sí a las plataformas que capturan la “productividad” académica. A la carta de los investigadores del CIESAS, con argumentos válidos y que deberían tomarse en serio, el Conacyt se limitó a responder burocráticamente [https://goo.gl/sEYKCs] . No es una paradoja sino una pena.

La burocratización implica crear más reglas y modificar y ampliar las existentes, y a más reglas más corrupción. Son tantos los requisitos que se piden para acreditarse como científico que hay personas que, sabiendo el prestigio que da la etiqueta de presentarse como Doctor, profesor o investigador, aprenden a burlarse del sistema precisamente por el amplísimo número de requisitos que antes que ser un mecanismo de evaluación se convierten en una especie de escalafón. Someter la actividad investigadora a procesos de burocratización es contraproducente: la ciencia requiere tiempo y espacio para la reflexión, la actividad investigadora es contraria al sometimiento de llenar formatos en línea que matan el tiempo y no son más que tareas repetitivas que sofocan la inspiración y la capacidad analítica.

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La Crítica Cómoda: a propósito de los 60 años de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

La UNAM es un crisol donde conviven más vicios que virtudes. Quien o quienes sobresalen en esa Universidad  (académicos y estudiantes) lo hacen por su esfuerzo personal y no por el esfuerzo de la comunidad. Pero los discursos que en los últimos años han proliferado por parte de sus autoridades (entiéndanse Rectores y Directores) hacen creer a varios sectores de la sociedad que la UNAM es un lugar de libertad e igualdad, que los logros científicos son gracias a la institución, cuando en realidad son gracias a algunas personas que “aguantan” a la institución. Allí si se consuma el dicho: dime de que presumes y te diré de que careces.

Conviene parafrasear las palabras de Guillermo Scheridan: la crítica al interior de la UNAM no puede ejercerse sin arriesgarse a irritar a colegas o afectar intereses, pues en México se entiende que el que se mete con la familia no es buen juez o es un suicida. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de dicha universidad, se forma parte de la conciencia crítica de la sociedad mexicana, y en efecto, es un lugar dónde una de las primeras cosas que uno aprende es a criticar a los autores que se leen como un primer paso para criticar a los sistemas económicos, políticos y sociales en toda su amplitud. Las discusiones en sus aulas son espacios dónde se pueden expresar opiniones sin cortapisas, y los profesores son uno más, y casi nunca son por sí mismos, el centro de atención. Pero es también la Facultad dónde quizá lo que más falta es la autocrítica. Es un vicio que se ha reforzado por su ausencia.

En el año 2011 la “gloriosa” Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM cumplió 60 años. De su historia, fines, logros, personalidades que han egresado de sus aulas, etc. se ha escrito mucho, pero de la falta de autocrítica que adolece nada o casi nada. Hace algunos meses algunos alumnos pintaron en el pavimento a la entrada de esta facultad “cuna del científico social”. Es factible preguntarse ¿Es posible formar científicos sociales sin autocrítica? Si. La FCPyS lo hace.

Quizá pueda considerarse trivial, pero sus instalaciones son un reflejo de cómo se entiende la sociedad en esa facultad, más aún, cómo se estudia y entiende lo público sin hacer nada por lo público ni respetarlo. La FCPyS está alejada del centro de la UNAM, aislada. Se encuentra  en la periferia de la Ciudad Universitaria, patrimonio de la humanidad. Sus edificios no tienen diseño, son una masa de cemento en medio de un terreno, con huecos que sirven de aulas. Pero tenía hasta hace unos años un espacio de convivencia, dónde lo público se hacía público. Una especie de ágora, pequeña, pero al fin ágora. Esa pequeña plaza servía de centro de discusión, de radicales y moderados. Allí se debatió el cierre o no de la Universidad a mediados de 1999, cuando estalló la peor huelga que ha sufrido la UNAM, la peor porque no se consiguió nada. Pero el espacio existía. Hoy es un mercado. Y no es una metáfora. La FCPyS no se distingue de un mercado de ‘fritangas’ o de esos mercados de comida que se encuentran en algunos centros como en Coyoacán o Tlalpan en el Distrito Federal. Sólo se alcanza a percibir que es una facultad porque se pueden ver a personas con libros y cuadernos, con su lap top o su mochila al hombro, son alumnos y profesores, pero la plaza ya no es esa ágora, es un mercado. Hasta los ‘intelectuales’ tienen necesidades fisiológicas. No son seres que por tener suponer tener una capacidad de pensamiento superior al común de las personas dejen de tener esas necesidades naturales. Ir a uno de los baños de la FCPyS es penoso. Año con año mejorarlos es una demanda de los estudiantes y una promesa que se cumple a medias. Cuando se cumple, esos estudiantes, los futuros científicos sociales comprometidos, con la labor de proponer políticas para resolver los problemas del país, se encargan de arruinar su propio espacio y su propias instalaciones.

Un estudiante de la FCPyS sabe que debe tomar entre 4 y 6 materias por semestre dependiendo de la carrera que estudie. Poco a poco se va acostumbrado que de esos 4 o 6 profesores sólo uno o dos son muy buenos en su área. Quizá algunos de ellos vaya a dar clases la mitad del semestre, porque un gran número de las “vacas sagradas” de las que se enorgullece la facultad sólo se paran en el aula al inicio y si bien les va a los alumnos, al final del curso. Mucho trabajo se deja a los profesores adjuntos, muchos de ellos son alumnos destacados de los últimos semestres de las licenciaturas o algunos del posgrado. Pero en realidad son pocos. La mayoría solo quiere ser adjunto por “el contacto”, para el curriculum, o porque necesita solventar de esa manera el requisito del servicio social sin el cual no puede titularse. Es entonces que el alumno de la gloriosa FCPyS debe aguantar su ignorancia y prepotencia, una especie de patente de corso que el profesor de la materia le otorga para que haga y deshaga en el aula. Y no existe ningún control sobre ello.

Y como sucede en otras universidades, en la UNAM es muy complicado si no inútil criticar a la izquierda mexicana, y en específico a sus Mesías. Más aún, de las filas de la UNAM surgen los “intelectuales orgánicos” que alimentan la ideología -no las ideas, no es lo mismo- de la izquierda. Entonces se hace difícil criticar, esa actividad tan cacareada pero poco santificada en esa Facultad. Pero sería equivocado decir que sólo sucede allí.

La falta de autocrítica es un virus que impera en todas las Universidades Mexicanas, y espero que no en todas las latinoamericanas. En estados de la república conservadores y con electorados tendientes a votar por la derecha, también se busca censurar, acallar y detener la crítica a los partidos de derecha, a la iglesia y al conservadurismo. Ya no digamos en aquellos estados dónde el PRI es mayoría, allí ha renacido la simbiosis con dicho partido, que al igual que en la UNAM, busca a sus ideólogos sin ideas (sí, y no es un error conceptual).

La ausencia de autocrítica es funcional a las actuales reformas al sistema universitario mexicano. El actual gobierno federal en manos del PAN ha preferido subsidiar a las Universidades Privadas en detrimento de las públicas. Y la falta de autocrítica, o más bien, el ejercicio de la crítica cómoda que se practica en las universidades públicas ha hecho pasar esta política de impacto negativo sin ninguna que se levante y haga presión. Eso sí, en algunos años nos estaremos quejando, pero será ya demasiado tarde.

Nota: Me negaba a creerlo. Hace algunos años me comentaron unos colegas que en los años 90’s, en el Centro de Investigación y Docencia Económicas A.C. (CIDE) con la llegada de un famoso y distinguido académico como Director, se inició un proceso de “des-ideologización” de este Centro de investigación. Las vías fueron dos.La primera, reemplazar a la planta de profesores (muchos venían de Argentina y Uruguay, eran sociólogos o economistas) por nuevos perfiles con Doctorado, principalmente en universidades anglosajonas; esta vía es “normal”, si se quiere decir. Pero la segunda es escandalosa, y me negaba a creerlo hasta ahora que he conocido a más egresados de esos años que me lo confirman: se llevó a cabo una “limpia” de la biblioteca, los libros de marxismo y las teorías de la dependencia fueron destruidos o desechados para dejar espacio a nuevos textos más “actuales”. Algunos han exagerando comentando que los destruyeron e incluso se dice que los quemaron. Lo interesante es encontrar que en el CIDE, un centro elitista y meritocrático, que se ha aislado de las lógicas de las universidades medias y grandes que muchas veces inhiben la innovación, para precisamente dedicarse a hacer ciencia, se lleven a cabo prácticas no científicas parecidas a las de la Santa Inquisición. Si es chisme, se ha hecho grande y allí queda. Si es verdad, debe ser una vergüenza.

Las cosas en su lugar

Se dice que el mercado, el libre mercado, es el mejor sistema para ubicar las cosas en su lugar, empiezo a creer que si es cierto.

Un libro que no es una ‘novela’ es “Elementos de Política” de Benedetto Croce, y del cual hay una nota en éste blog en Clásicos.

Hacer las cosas a la mexicana

Hay muchas frases que los mexicanos gustan de gritar a los cuatro vientos pero quizá la que mejor nos retrata es la que se relaciona con el hacer, con el trabajo que, dependiendo su intensidad, es lo único que ha llevado a sobresalir a otras sociedades: “hacer las cosas a la mexicana”. Una frase clásica que retrata todo el ser mexicano.

¿Qué significa hacer las cosas a la mexicana? Significa hacer las cosas mal o a medias, no poner empeño, hacer que las cosas salgan porque tienen que salir, no porque se desee hacer algo bien. Significa tratar de hacer lo menos y con el menor esfuerzo posible, pero eso sí, exigiendo que se valore ese trabajo a un precio que no lo tiene. Sería injusto decir que no existen trabajadores –en el más amplio sentido del término- mexicanos que no se empeñan en su labor, pero no se trata de individualidades, sino de una cultura.

Es una cultura que permea todos los ámbitos, en algunos más y en otros menos, pero permanece y es parte del mexicano. Ese hacer a la mexicana es un patrimonio intangible del país que debiera ser erradicado.

A la mexicana se viaja en unas cosas que parecen autobuses de pasajeros pero en realidad son para cargar ganado. Es posible que en ningún país del mundo exista un desprecio tan grande por el peatón y un desgano total por eficientar el transporte público.

Pero los mexicanos parecen contentos de transportarse a la mexicana, no protestan porque su calidad de vida se reduzca: la gente invierte en zonas urbanas más del una hora sólo para transportarse de la casa al trabajo, y en la Ciudad de México la media es de 2 horas! Este desprecio por el espacio público lleva a que los mexicanos utilicen más el auto –un símbolo de estatus más que un simple medio de transporte- con sus ya conocidas consecuencias.

Los mexicanos cuando cometen errores no son responsables, para ellos todo hecho que les afecta es un acto del mal, de una fuerza extraña, o la conjunción de sujetos que se confabulan para hacer daño.

En todos los países se tiende a pensar, en mayor o menor medida, que cada nación o cultura es el centro del mundo, que todo gira alrededor: los argentinos, los estadounidenses, los franceses, los chinos… etc. así lo creen. La diferencia con los mexicanos es que lo creen por ignorancia. México no es el centro del mundo, desde lo lejos se le ve como un país con ciertas excentricidades culinarias y centro turístico de grandes pirámides, país de origen de algunos grandes escritores, y refugio de algunos intelectuales geniales, pero no sobresale por su ciencia o por exportar su cultura. No obstante el subdesarrollo, los mexicanos viajan, y lo hacen mucho. Pero para ellos los viajes no ilustran, sólo sirven para adornar el ego.

La inferioridad es venerada como un fin o deseo permanente. Las expresiones más comunes de los mexicanos son como las de un niño de doce años: “denos”, “no han hecho”, “nos han hecho”, “los ricos”, “el gobierno”, “los políticos”, “los poderosos”, “los extranjeros”, “las potencias mundiales”… Todos, sobre todo los políticos y el gobierno, son culpables menos los mexicanos, ellos no son responsables de su subdesarrollo y de su inferioridad. México es un país que no desea crecer.

Versión sintética, la completa se publicará en http://www.centrodeinteligenciapolitica.com/

Boogie y Proceso

Debo señalar que nivel personal hubieron tres medios impresos en México que me llevaron a interesarme en la política y posteriormente estudiar Ciencia Política: Siglo XXI de Guadalajara (mientras existió), La Jornada (antes de convertirse casi únicamente en órgano de difusión del EZLN y de la izquierda con ideas del priísmo de los años 70’s – olvidándose de la información y la  (auto) crítica-) y sobre todo el Semanario Proceso.

Todavía hasta hace algunos años, Proceso se leía de atrás hacia adelante, pues en su última página aparecía Boogie “El Aceitoso”, personaje creado por Roberto Fontanarrosa. Boggie es un mercenario, excombatiente de Vietnam, machista extremo y con prácticamente un odio total hacia la vida. Boogie tiene una filosofía siniestra y a la vez sarcástica, no tiene respeto por la vida a menos que ésta le dé la oportunidad de golpear o matar a alguien. Le agrada el sufrimiento y sólo sonríe cuando alguien lo padece. Boogie hace una surrealista apología de la violencia que sin embargo hace reir. (Ya hay una película)

Boggie dejó de ser publicado en Proceso, y tiempo después su director fundador Julio Scherer dejó la revista. No hay duda que dicho semanario fue una trinchera que, a su modo, contribuyó en el proceso de democratización del país. Cuando casi no habían medios críticos y la censura era verdaderamente aplicada, Proceso era ese espacio en dónde los lectores podían encontrar literalmente la verdad que el oficialismo escondía. Pero su éxito fué también su derrota. Llegado el proceso de democratización en los años noventa del siglo XX, llegaron tiempos de cambio, nuevos semanarios políticos aparecieron y saturaron el mercado. Hablar de política se puso de moda como nunca en México y Don Julio Scherer dejó la dirección de Proceso.  Hace años que no compro Proceso, quizá exagero, pero olvidaron la crítica por el ataque sin fundamento y dejaron de buscar la verdad por el chisme.  En sus páginas apenas sobreviven algunos textos a tomarse en serio, pero se pierden en su pequeño mar falto de la seriedad que la caracterizo años atrás. Pero así es la vida, nada es para siempre.