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La burocratización de la ciencia ó como hacer que la actividad científica se atrofie

La actividad científica es una tarea que pocos anhelan; dedicarse profesionalmente al desarrollo de la ciencia es una vocación. Ni los incentivos ni los beneficios personales para dedicarse a éstas tareas son materiales; pero, si hay ganancias, son las únicas que se distribuyen de manera amplia e impersonal, pues benefician a sociedades enteras. Es una verdad que los países más desarrollados, pero sobre todo aquellos que tienen mejor calidad de vida, son dónde la actividad científica es socialmente reconocida, por lo que la inversión social (pública y privada) en tales actividades es sustancialmente mayor que en aquellos países dónde la ciencia es menospreciada, incomprendida y/o subvalorada.

En México, según la “Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología” (Enpecyt) de 2015: poco más del 70% de los encuestados señalaron que los mexicanos creen más en la fe que en la ciencia; casi el 50% cree que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir artificial y deshumanizada; más del 75% cree que la homeopatía, la acupuntura y la quiropráctica son medios adecuados para el tratamiento de enfermedades; el 40% cree que algunas personas tienen poderes psíquicos; y casi el 50% cree que los científicos son peligrosos debido al conocimiento que poseen. A pesar de éstos datos, casi el 80% confía en los científicos que trabajan en las universidades y centros de investigación públicos y privados, y casi en la misma medida confían en los médicos, en los escritores e intelectuales; muy por arriba de los líderes religiosos y políticos que tienen más del 70% de desconfianza.

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La información de la “Enpecyt” muestra que en México existe un desconocimiento de lo que hacen los científicos, a pesar de que son bien valorados. Unas de las tareas que deberían ampliarse son las actividades de divulgación. Si la sociedad paga de manera indirecta a través de sus impuestos las actividades científicas, igualmente debería estar más informada de tales actividades y sus resultados. Empero vivimos en un mundo al revés: el gasto público federal para la ciencia, tecnología e innovación que se distribuye en diversas instituciones, incluido el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), se ha reducido aproximadamente un 3% cada año desde 2010; empero el presupuesto para partidos políticos y las instituciones electorales no ha dejado de crecer a pesar del descrédito que padecen, por no hablar de su ineficiencia en una tarea que debería ser menos compleja.

En éste contexto, el Conacyt decidió modificar la plataforma electrónica del Currículum Vitae Único (CVU) que deben llenar año con año todos los investigadores y alumnos de posgrado que reciben recursos gestionados por dicha institución. En su mensaje institucional, el Conacyt se jacta de facilitar la captura de información porque elimina la captura libre. Es sorprendente el nivel de ignorancia de la actividad científica de quienes elaboraron y aprobaron el funcionamiento de ésta nueva plataforma: supone de manera acrítica que los índices Thompson y Scopus son los únicos referentes de la buena ciencia, y en su afán de “seguir estándares internacionales” borraron con un teclado un número significativo de instituciones científicas importantes en las cuáles muchos científicos se han formado pero que los burócratas del Conacyt desconocen. El 10 de julio un grupo de investigadores del CIESAS envió una carta al director del Conacyt señalando las inconsistencias de esa nueva plataforma que no hace más que aumentar el burocratismo al que está sometida la comunidad científica del país, en resumen, los investigadores del CIESAS señalan que esos criterios no son idóneos para dar cuenta de la actividad científica al rigidizar y homogeneizar una actividad que es precisamente heterogénea y abierta para obtener buenos resultados.

Para quienes no están familiarizados con la actividad científica quizá sea un nimiedad “quejarse” por el cambio de una plataforma, empero no lo es. Más aún, en las universidades públicas estatales las tareas científicas están hiperburocratizadas al grado que es factible afirmar que un profesor-investigador pasa igual tiempo o más llenando formatos que investigando ó dedicándose a las actividades de docencia y divulgación: oficios para solicitar un aula para una conferencia, para pedir apoyos para asistir a un congreso, para recursos para publicar un libro, etc., y por lo regular a una ó dos instancias dentro de la misma institución. Casi todos los investigadores deben dedicar tiempo y esfuerzo a llenar al menos tres plataformas que no son compatibles y que tienen estándares diferentes entre una y otra, en las cuáles deben capturar sus actividades de docencia, investigación, divulgación y actividades administrativas, si las tienen.

I) El CVU del Conacyt, que ha sido objeto de varias críticas ya desde su creación, por la rigidez con la que está conformado. Ésta plataforma funciona esencialmente para tres objetivos: para evaluar a los investigadores que desean ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), a los alumnos que desean estudiar un posgrado con financiamiento del Conacyt y, a los investigadores o grupos de investigación que participan para obtener fondos para financiar proyectos de investigación básica o aplicada. Pero el SNI es como la cárcel, muchos de los que están no deberían estar, y viceversa, muchos no están y deberían de estar. ¿Porqué? La hiperburocratización del CVU del Conacyt y del proceso de evaluación abre muchas ventanas de oportunidad para la deshonestidad intelectual. Con tal de no perder la membresía y el estímulo, se han generado prácticas para engañar al sistema: libros coordinados sin verdadera coordinación, duplicación de publicaciones sin mejoras entre una y otra, constancias ad hoc para aumentar el curriculum, titulación de alumnos de posgrado con bajos estándares con tal de mantener los índices de titulación, etc. Lo más patético son los casos de seudoinvestigadores que han llegado a las instancias judiciales porque no logran la membresía en el SNI. La razón: la evaluación a través del CVU se ha convertido en una especie de álbum de colección, suponiendo que el que tiene más “estampitas” es mejor investigador, lo cual es falso. La homogeneización puede fortalecer este tipo de prácticas porque sigue fomentando el número sobre la calidad, y confunde la calidad con los indicadores bibliométricos. Un libro o artículo también puede ser citado porque es malo, para alertar a la comunidad científica a no leerlo o seguirlo por sus malos resultados, pero el indicador no valora ello.

II) La plataforma del Currículum del Programa para el Desarrollo Profesional Docente, para el Tipo Superior (PRODEP, antes PROMEP), que apoya a los profesores de tiempo completo en su integración a las universidades, para desarrollar proyectos de investigación, para solicitar recursos para hacer un posgrado entre otras a nivel individual, pero también para registrar las actividades de los Cuerpos Académicos (CA). El problema de ésta plataforma es que no es compatible con aquella del CONACYT, lo que implica duplicar el tiempo de un investigador. Al igual que con el SNI, en el PRODEP aparecen diversas prácticas que a los ojos de muchos quizá no sean deshonestas pero poco o nada aportan al desarrollo científico.

III) Finalmente, la plataforma que cada Universidad pública estatal tiene para capturar la productividad de sus profesores a lo largo de cada año para acceder a los estímulos o becas académicas. Los salarios de los profesores-investigadores son bajos y los estímulos son un incentivo para mantenerse en esta carrera. A diferencia de la UNAM dónde la evaluación tiene una temporalidad más amplia, en prácticamente todas las universidades estatales cada año los investigadores deben presentar documentación que demuestre que trabajaron durante ese año para ser evaluados en una plataforma que no es compatible ni con el CVU del Conacyt ni con aquella del PRODEP. En algunas universidades la asignación de los estímulos está sujeta a los vaivenes de la política universitaria interna (cómo sucedió por la corrupción de las últimas administraciones en la Universidad Autónoma de Nayarit ó el caso de la Universidad de Sinaloa, que uno de sus ex-rectores la convirtió en una universidad-partido), pero en general las administraciones universitarias están sujetas a los presupuestos federales y por tanto a someter cada año a sus investigadores a ésta evaluación. Los criterios entre universidades y centros de investigación son diferenciados, derivado de que las burocracias son anticientíficas; solo por poner un ejemplo: mientras en unas universidades y centros de investigación publicar un artículo en una revista indexada en Thomson y Scopus posibilita alcanzar prácticamente la mitad de los estímulos a los que se accederá, en otras un artículo de las mismas características apenas vale lo mismo que presentar tres constancias por asistir a unas conferencias como oyente.

En la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a la cuál pertenece México y por lo tanto es comparable, el salario de los científicos en las universidades y centros de investigación es alto y por lo tanto no está sometido a evaluaciones anuales absurdas. Se reconoce que un buen científico requiere tiempo para producir, que un buen resultado científico no se logra “año con año” y que un buen artículo académico puede tardar más de tres años en ser publicado. Se aplican reglas académicas, no burocráticas. Obtener el Doctorado es un proceso académico, en el cuál se debe demostrar capacidad para investigar, y por lo tanto es una habilitación para dedicarse a la vida científica. En México la creación de programas de doctorado sin rigurosidad, peor aún, sin verdadera investigación, la falsa idea del escalafón: licenciatura-maestría-doctorado, ha creado “recursos humanos” que deberán dedicarse a la ciencia pero no tienen la vocación, doctores que cuando se integran a la vida académica se sienten cómodos con la política del papel, del documento, de la constancia de asistencia, y del capítulo en el libro homenaje. Nada de eso sirve a la ciencia, pero sí a las plataformas que capturan la “productividad” académica. A la carta de los investigadores del CIESAS, con argumentos válidos y que deberían tomarse en serio, el Conacyt se limitó a responder burocráticamente [https://goo.gl/sEYKCs] . No es una paradoja sino una pena.

La burocratización implica crear más reglas y modificar y ampliar las existentes, y a más reglas más corrupción. Son tantos los requisitos que se piden para acreditarse como científico que hay personas que, sabiendo el prestigio que da la etiqueta de presentarse como Doctor, profesor o investigador, aprenden a burlarse del sistema precisamente por el amplísimo número de requisitos que antes que ser un mecanismo de evaluación se convierten en una especie de escalafón. Someter la actividad investigadora a procesos de burocratización es contraproducente: la ciencia requiere tiempo y espacio para la reflexión, la actividad investigadora es contraria al sometimiento de llenar formatos en línea que matan el tiempo y no son más que tareas repetitivas que sofocan la inspiración y la capacidad analítica.

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Estudiar un Doctorado en Ciencia Política (I)

Se opta por estudiar un Doctorado por diversas razones, pero obviamente todas pasan por el filtro de la vocación personal por la ciencia. Muchos optan sólo por tener el título, incluso son buenos estudiantes, pero su aportación a la disciplina es inexistente porque no lo desean; deciden cursarlo por el simple hecho de querer tener mejores oportunidades laborales pero no en el ámbito de la academia. Esta es una cuestión en la que no me inmiscuiré.

Entonces, iniciaré por señalar los pros y los contras, las razones, las dificultades y las ventajas de estudiar un Doctorado en Ciencia Política, en México, o lo que es lo mismo, sin salir del país, por lo que podría ampliarse a otros casos en América Latina. En una segunda oportunidad hablaré de lo mismo pero en otros países.

Sobra decir que estas opiniones se dirigen a aquellos que quieren estudiar un Doctorado o lo están por iniciar, y no a aquellos que ya lo hicieron, que seguro algo más podrán aportar.

1. Un Doctorado supone el deseo de aportar algo a la disciplina por la que uno ha optado. Aportar algo en términos estrictamente científicos y académicos, no discursivos. Por ello es importante contar con un buen proyecto de investigación, no necesariamente avanzado, sino tener claro que se quiere estudiar: área, región, casos, periodos, teorías, etc. Actualmente la ciencia premia la especialización, así que es conveniente quizá no alejarse mucho de los temas y perspectivas teóricas que se han trabajado en la Licenciatura y/o en la Maestría.

2. En el caso de México, casi todos los Doctorados exigen contar con el grado de Maestría, en otros países no es así. Por lo mismo alargan el periodo de estudios, e incluso otorgan el grado de Maestro al primer año. No obstante, al menos en la academia mexicana, debe señalarse que no es lo mismo superar un primer año de un Doctorado en el extranjero y por ello obtener un documento que te asigna el grado de Maestro, a estudiar una Maestría en México dónde para obtener el título, debes estudiar dos años, presentar una tesis (no una tesina ni un reporte de investigación) y defenderla.

Sea como sea, es conveniente que, antes de optar por estudiar el Doctorado, hacer una Maestría, aún si ésta no es requisito para ingresar. La Maestría ubica al profesional, le hace ver si lo suyo es la investigación o la vida práctica. Lo especializa en un área, aunque eso de especializarlo es discutible, pues muchos se asumen como especialistas solo por haber estudiado una materia en x cosa. Pero lo importante es que la Maestría confirma o no la vocación por la vida académica y de investigación, que es lo que hace un Doctorado.

3. Estudiar en tu propio país, a pesar de lo que se pueda creer, te da ciertas ventajas competitivas, pero… todo depende. En México y en otros países de América Latina es casi indispensable contar con el apoyo de un profesor consolidado, no sólo para que te siga en los estudios, sino para que te ayude a insertarte en proyectos de investigación y en el futuro, apoyarte para ingresar a una plaza académica. Quienes optan por quedarse en su propio país, tienen la ventaja del hermano de la ‘parábola del hijo pródigo’. Éste último pudo haberse ido y que a su regreso su familia le haga fiesta, pero el que se queda, tiene todo a su disposición, y esa es una ventaja muy grande.

4. Aunado a lo anterior, en México es muy raro ver convocatorias a concursos de oposición realmente abiertas. Esa es la ventaja de quedarse en el país.  Regularmente quien estudia un Doctorado en México, se empieza a insertar a la Universidad como profesor de asignatura gracias a sus relaciones que mantiene o por el cobijo de un profesor consolidado. Apenas termina el Doctorado, y si sus relaciones siguen siendo buenas dentro de la Universidad, le aumentan las horas clase como profesor de asignatura, y luego si la oportunidad se presenta, si los profesores del área lo desean y existe presupuesto, se abre “su” concurso de oposición abierto:  con las especificidades que se acerquen lo más posible al perfil del candidato prácticamente ya designado. En algunos casos, los concurso son vergonzosamente específicos, que obvio, nadie más puede competir (“El candidato debe presentar un proyecto sobre las políticas de desarrollo al agro mexicano en el municipio de Zintancuaro en el periodo….“). Esa es una ventaja, nos guste o no.

5. ¿Dónde estudiar Ciencia Política? Esa es una cuestión que implica dos cuestiones. El lugar y el enfoque que se tenga sobre la disciplina. Al menos en México, persiste la escuela de las Ciencias Políticas, es decir, la Ciencia Política al plural. Mientras que la Ciencia Política al singular, aquella más identificada con el comparative politcs de las universidades anglosajonas solo es enseñada en algunas universidades, por lo general, privadas o de élite.

6. México padece y sufre una tendencia al centralismo que se refleja en sus programas académicos de alto nivel, sobre todo en las Ciencias Sociales. De allí que la mayoría de los “buenos” doctorados se concentren en la Ciudad de México. ¿Cuáles son las ventajas? La interrelación con los profesores con amplia trayectoria en la disciplina, el acceso a bibliotecas en diversos centros, una amplia oferta de seminarios, conferencias, simposios, etc.

Pero también existen ciertas desventajas: muchos profesores que imparten a nivel Doctorado -no todos por supuesto- son divas o tienen fuertes tendencias al vedettismo, sienten que por su larga trayectoria ya no tienen mucho que aprender y menos de los alumnos de posgrado. Incluso algunos sólo se dedican a la investigación y desprecian la docencia. Un joven Doctorando debe cuidarse mucho de éstos académicos sobre todo.

El vedettismo, que no es único en México, crea ciertas inercias: algunos alumnos prefieren al académico diva aunque nunca lo siga en su investigación porque al final en su tesis pondrá: tutor XXX y eso en el curriculum se ve bonito. Pero ello no significa que el doctorando haya tendido un buen seguimiento durante su formación.   Pero lo mismo sucede en otros estados de la república, dónde quizá el vedettismo es exponencial, dado que los académicos divas se sienten los únicos portadores de la verdad de la disciplina en su Estado, y eso es peor. No obstante, si el doctorando es bueno, puede muy bien suplir esa desventaja con sus propias capacidades.

Ahora bien, ¿dónde?:

7. Primero habrá que señalar que casi todos los Doctorados existentes en Ciencia Política en México, la conciben al plural. Si es una ventaja o no, es muy discutible.  Lo que si es un hecho y hay que decirlo, con ciertas excepciones, la Ciencia Política que se hace en México dialoga poco o nada con aquella que se produce en América Latina, ya no digamos con la del mundo.

No quiero decir que no lo haga, lo que afirmo es que dado el tamaño del país, las capacidades institucionales con las que cuenta y dado e número de alumnos en el área, es magra su inserción en los  debates y cuestiones politológicas internacionales. Y ello deriva propiamente de esa concepción de Ciencia Política al plural, pues se mantiene la fragmentación al interior de la disiciplina. Muchos confunde esta insana fragmentación con pluralidad, lo que mantiene a los politólogos sin ponerse de acuerdo. Incluso, ya lo he señalado en otro post: no existe una asociación de ciencia política en México, y eso es reflejo de la fragmentación.

8. La oferta es muy conocida, y recomiendo observar el Padrón Nacional de Posgrados del Conacyt, de preferencia aquellos que tienen calificaciones más altas: consolidados y de competencia internacional. Solo menciono algunos casos:

En la UNAM, se ofrece un programa de Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales con cinco orientaciones, una de ellas en Ciencia Política.  En la FLACSO México, se ofrece un Doctorado en Ciencias Sociales, con dos orientaciones, una de ellas en Ciencia Política. Estos son los dos Doctorados con mayor prestigio y tradición en el país. Pero es necesario señalar, que dada la libertad de cátedra, es posible que un alumno encuentre a un buen profesor en Teoría Política, por mencionar, que efectivamente en su clase dé Teoría Política, pero por desgracia, también puede encontrar un profesor que les haga creer que la Teoría Política sólo es Weber (sociólogo), o Luhmann (otro sociólogo), o los haga estudiar sólo a autores franceses, los cuales hacen una ciencia política pensando que el mundo gira a su alrededor, auto-citándose e ignorando la que se hace en otros países. U otras situaciones por el estilo.

La UAM ofrece una amplia variedad de Doctorados, ninguno en ciencia política en específico, pero con la posibilidad de optar por materias que especialicen en la disciplina: un Doctorado en Ciencias Sociales en Xochimilco, otro en Iztapalapa y uno reciente en Cuajimalpa; así tambiénla Universidad Iberoamericana ofrece uno similar al de la UNAM. El Colegio de México, institución de la cual son varios opinólogos de la política en los medios,  no cuenta con un Doctorado en el área, apenas con una Maestría de reciente creación, lo más parecido es su Doctorado en Sociología, dónde el alumno puede optar por algunas materias politológicas, es decir, forma sociólogos políticos y no necesariamente politólogos. Empero, la formación allí como se sabe, es de alto nivel y ampliamente reconocida.

9. Fuera de la Ciudad de México está la Universidad de Guadalajara, con un Doctorado en Ciencias Sociales con un enfoque más antropológico que sociológico, e incluso dónde la ciencia política casi no aparece. Luego están todos aquellos Doctorados en Ciencias Sociales de la Red de Colegios que si bien son de buena calidad, refuerzan el centralismo de los estudios al obligar prácticamente al doctorando a especializarse en la región. No es que todos lo hagan, pero no existe el espíritu de competitividad para analizar los problemas nacionales e internacionales que se respira en la Ciudad de México. Por supuesto que hay investigadores y doctorandos que tratan de hacerlo, pero se enfrentan a muchas dificultades institucionales que premian esa especialización en la región.

Pongamos un ejemplo: en la Universidad de California o en Stanford, es posible encontrar a muchos estudiosos de la política norteamericana e internacional y no tienen que estar en Washington; en México, si se quiere saber de alguien que estudie política nacional o internacional casi siempre sólo se busca en la Ciudad de México y muy, muy rara vez fuera de ella. Esta práctica la mantienen obviamente a su conveniencia quienes están en los centros universitarios capitalinos, pero se refuerza por las tendencias regionalistas que imperan en las universidades estatales.

10. Por último, la Ciencia Política está de moda. Y de ello se han dado cuenta las universidades privadas con poca vocación a la alta investigación, de allí que para suplir la falta de investigadores en sus centros, estén absorbiendo naturalmente a los buenos profesores de las universidades públicas y creando programas de Doctorado en la disciplina. Lo sano de esta tendencia es que la competencia deberá llevar a impulsar amplias reformas en los planes de estudio en las universidades públicas y privadas, a bajarle los humos a las divas de la academia en los centros públicos y a ampliar la oferta en favor de la disciplina.

Un artículo interesante de The Economist: Porqué a veces estudiar un Doctorado es una Pérdida de Tiempo. Las afirmaciones del autor se aplican a países desarrollados, y dónde la oferta laboral es muy diferente. Así que tómese con precauciones.

(este post se actualizará próximamente)

Boogie y Proceso

Debo señalar que nivel personal hubieron tres medios impresos en México que me llevaron a interesarme en la política y posteriormente estudiar Ciencia Política: Siglo XXI de Guadalajara (mientras existió), La Jornada (antes de convertirse casi únicamente en órgano de difusión del EZLN y de la izquierda con ideas del priísmo de los años 70’s – olvidándose de la información y la  (auto) crítica-) y sobre todo el Semanario Proceso.

Todavía hasta hace algunos años, Proceso se leía de atrás hacia adelante, pues en su última página aparecía Boogie “El Aceitoso”, personaje creado por Roberto Fontanarrosa. Boggie es un mercenario, excombatiente de Vietnam, machista extremo y con prácticamente un odio total hacia la vida. Boogie tiene una filosofía siniestra y a la vez sarcástica, no tiene respeto por la vida a menos que ésta le dé la oportunidad de golpear o matar a alguien. Le agrada el sufrimiento y sólo sonríe cuando alguien lo padece. Boogie hace una surrealista apología de la violencia que sin embargo hace reir. (Ya hay una película)

Boggie dejó de ser publicado en Proceso, y tiempo después su director fundador Julio Scherer dejó la revista. No hay duda que dicho semanario fue una trinchera que, a su modo, contribuyó en el proceso de democratización del país. Cuando casi no habían medios críticos y la censura era verdaderamente aplicada, Proceso era ese espacio en dónde los lectores podían encontrar literalmente la verdad que el oficialismo escondía. Pero su éxito fué también su derrota. Llegado el proceso de democratización en los años noventa del siglo XX, llegaron tiempos de cambio, nuevos semanarios políticos aparecieron y saturaron el mercado. Hablar de política se puso de moda como nunca en México y Don Julio Scherer dejó la dirección de Proceso.  Hace años que no compro Proceso, quizá exagero, pero olvidaron la crítica por el ataque sin fundamento y dejaron de buscar la verdad por el chisme.  En sus páginas apenas sobreviven algunos textos a tomarse en serio, pero se pierden en su pequeño mar falto de la seriedad que la caracterizo años atrás. Pero así es la vida, nada es para siempre.

La Ciencia Política en México

logofacLa Ciencia Política en México, a pesar de ser una disciplina que adquirió un status importante prácticamente en los mismos años en que ésta iniciaba a nivel mundial a consolidarse como una verdadera y propia Ciencia, es todavía poco valorada. Un ejemplo de ello: México es uno de los grandes países de América Latina que no cuenta con una Asociación de Ciencia Política. Existió, y quien sabe si existe todavía, un denominado Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, pero que como muchas otras organizaciones, coptada por estudiosos afines al PRI, sólo era un trampolín para ingresar a la alta burocracia en el país. Bajo ciertas presidencias tuvo una relevancia académica, llegando a publicar algunas revistas y una colección de textos sumamente importantes junto con el Fondo de Cultura Económica (Lecturas de Política y Gobierno ) pero dependió en mucho de las personas que encabezaron la organización y no tanto por el gremio en sí.

En 1951 se fundó en la UNAM la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, y un año después la Licenciatura en Ciencia Política propiamente. Pero la época impulsaba ciertas tendencias, y la Universidad en México se veía, y hoy se considera más, como una institución que debía (debe) crear recursos humanos para el mercado laboral, de allí que se privilegiara más la formación para el trabajo y poco, aunque con éxito,  para la docencia y la investigación. La Ciencia en sí misma sólo ha sido, dentro de la instituciones universitarias, una labor de una élite -utilizando el término en sentido positivo. Es por ello que a la carrera de Ciencia Política  (CP) se le agregó el plus de ‘Administración Pública’. Éste modelo de programa de Licenciatura fué copiado casi literalmente por otras universidades públicas y privadas, como en la Autónoma de Nuevo León y en la Universidad Iberoamericana. Si bien el estudio de la Administración Pública (AP) es una subdisciplina de la CP,  en México se ha tratado  de afirmar, con poco éxito, que “es una ciencia en sí misma”. Quizá esta tendencia tuvo su origen en tratar de emular la tradición de estudios de ésta disciplina que se creó en escuelas como la École Nationale d’Administration en Francia. En síntesis, la Ciencia Política en la UNAM y otras universidades se desarrolló arrastrando un apéndice disciplinario.

(Interesante es que en 1982  en El Colegio de México se haya creado una Licenciatura en Administración Pública. Lo cual sucedió en el contexto de la política de la “Renovación Moral de la Sociedad” que marcó al gobierno de Miguel de la Madrid y que tenía como objetivo reestructurar la administración pública después de que López Portillo permitiera corruptelas sumamente degradantes. La Licenciatura en AP en el Colmex se creó para formar una élite preparada que no estuviera comprometida con el partido, como si lo eran muchos egresados de la misma carrera de la UNAM y la UIA. Después de varios años, y una vez pasada la euforia de la renovación administrativa en el discurso político, una Licenciatura sólo de AP parecía demasiado tecnocrática y ahora se denomina Política y Administración Pública)

Si a eso le sumamos que a pesar de existir ya desde los años 50’s una clara diferenciación entre Ciencia Política, Teoría Política y Filosofía Política, esta no fué siempre bien delimitada, incluso los trabajos empíricos no eran bien apreciados -y en muchos casos lo siguen siendo-, prefiríendose textos de reflexión deductiva con poca relación con la realidad empírica. Ello se debió en mucho a la fuerte influencia que ejercía, primero el Derecho, y luego el estructura-funcionalismo y el marxismo como ‘paradigmas’ dominante en la Universidad, pero fue éste último que obtuvo preponderancia respecto a los otros dos. Sólo basta echar una mirada a los programas de Licenciatura entre los años 60’s y finales de los 80’s: Seminario del Capital I, II,…VI ! (era como estudiar Teología Marxista), materias como Historia de México se llamaban Formación Social Mexicana, o en las materias de Economía la base eran los textos marxistas (algunos profesores incluso hoy todavía se resisten a la pluralidad de otras perspectivas, e incluso siguen enseñando economía basándose solo en textos marxistas).

La Ciencia Política no se concebía como una ciencia independiente, por ello en muchos estudios y trabajos de la época no se distinguía entre sociología, historia y filosofía. Si bien ello no era exclusivo de la CP mexicana, si era muy marcado seguir las ideas de sociólogos antes que de los politólogos, y estudiar más a los sociólogos y filósofos franceses que a los teóricos y cientistas americanos. -Guste o no, la CP contemporánea se consolidó por el impulso que se generó en EUA, ya sea por los mismos estadounidenses o europeos que laboraban y laboran en universidades americanas-.

Los pocos trabajos realmente politológicos eran pocos, a pesar de que desde 1955 se fundó la Revista de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales (hoy Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales), por ello un libro como “La Democracia en México” de González Casanova (1963) se convirtió en un clásico, y hoy su lectura es indispensable para comprender el sistema político de la época, (no obstante se considera un estudio sociológico), la misma suerte tuvo “El sistema político mexicano” de Daniel Cosío Villegas -más un ensayo que una análisis empírico-.

No hay duda que la Ciencia Política al inclinarse hacia la Democracia como objeto de estudio, y dejar el estudio del Poder en la Teoría y Filosofía políticas (haciendo caso a Weber, quizá) desarrolló instrumentos analíticos centrados en dicha forma de gobierno. Si México no era una democracia en el sentido estricto, difícilmente se podía desarrollar una ciencia que en otros países había creado instrumentos analíticos centrados en la dinámica de ésta forma de gobierno. Bobbio, Sartori, Dahl, por ejemplo, fueron autores que empezaron a leerse y discutirse hasta mediados de los años ochenta. Pero quizá el obstáculo más importante era la ideologización de la disciplina, por ello la CP que se hacía -quienes se atrevían hacerla fuera de los cánones ideólogicos eran pocos- era poco conocida.

Hoy la situación es diferente. En 1975 apenas dos universidades públicas ofrecían el programa de Licenciatura en Ciencia Política, para 2007 eran 21 universidades entre públicas y privadas. Es una Ciencia que poco a poco se ha ido ganando su lugar, pero se enfrente a otro dilema. Ya no son las posturas ideológicas profundas las que se dirimen a su interior, hoy, al igual que en casi todo el mundo, la CP en México se encuentra en el debate metodológico -que en estricto sentido no existe- entre cuantitativistas y cualitativistas. Si bien es un debate absurdo, porque algunos fenómenos se prestan mejor a cierto tipo de análisis que otros, y la mayoría de los “buenos” estudios politológicos son eclécticos, el ‘debate’ tiene un impacto en la academia. Se han creado centros de Ciencia Política al  -mal- estilo americano, dónde se tiende a hacer CP ‘a la americana’ -léase la corriente cuantitativa, que no es la única- y sus profesores se jactan con arrogancia de haber estudiado en las “mejores” universidades estadounidenses, como si eso fuera garantía para ser un buen científico. La CP en México se hace así en diversas ‘islas’ ideológico-metodológicas: si no se comparte la ideo-metodología, es imposible acercarse a esos centros, o publicar en sus revistas.

Politica y Gobierno CIDE

Un ejemplo de ello es la revista Política y Gobierno del CIDE , que inicialmente tendía a publicar artículos de diversa naturaleza metodológica. Pero en los últimos años, con el afán de hacerse más ‘científica’ (?) ha tendido a publicar más artículos de carácter cuantitativo que cualitativo, entrando en el absurdo camino tendencial de preferir sólo cierto tipo de  artículos sobre otros sólo porque utilizan métodos estadísticos y rechazar aquellos que no. Seguramente los editores no lo reconocerían pero es una tendencia que se observa por sí misma.

Los textos más interesantes que últimamente han tratado el desarrollo de la Ciencia Política en México son:

José Antonio Aguilar Rivera, El enclave y el incendio, Nexos,  Enero, 2009.

Soledad Loaeza, La ciencia política. El pulso del cambio mexicano, Revista de Ciencia Política, 25 (1), 2005.

Alejandro Villagomez y Jennifer Farías, Análisis de la evolución de la matrícula de las licenciaturas en ciencia política y administración pública en México: 1974-2007, Política y Gobierno, XVI (2), 2009. (Un artículo que describe cuantitativamente el aumento de la matrícula en la disciplina, sin embargo, aunque desarrolla tres hipótesis interesantes, es pobre en su análisis cualitativo ya que los autores ignoran muchos otros análisis similares elaborados en la UNAM y en la Universidad Iberoamericana principalmente. Además de que argumentan de que la CP en México es joven: no, la CP en todo el mundo es joven)

Así como en la revista Andamios, 6 (11) de la UACM, Agosto 2009.

Post Data: ¿Qué obtuvieron quienes anularon su voto?

En las pasadas elecciones intermedias (es decir, a mitad del periodo presidencial) en México (5 de julio 2009) el porcentaje de Votos Nulos fué de 5.39%, mientras que en 2003 (también elecciones intermedias) el porcentaje fué de 3.36%. Es decir, tuvo un aumento de 2.3%.mty-humor-cartun

Es claro que dicho incremento fué resultado, no sólo del efecto estadístico que tiene el aumento del padrón electoral sobre el porcentaje de votación, sino de la campaña a favor de éste tipo de votos de varias organizaciones que brotaron casi de la nada y que  se apoyaron en el discurso irresponsable de opinólogos (y politólogos! que han dejado la investigación para convertirse en opinólogos) que argumentaron que ésta era una forma de ‘castigar a los partidos’.

El voto nulo se concentró sobre todo en las zonas urbanas del pais: en el DF, Guadalajara, Puebla, Monterrey y Morelia, alcanzó poco más del 10%. Es decir, allí donde hay mejores niveles de vida y mayores niveles de educación.

Resultados indirectos:

1. Fortalecimiento del Partido Revolucionario Institucional (PRI), aquel que apenas hace nueve años todos los ‘opinólogos’ y la mayoría de la población rechazaba. (Esto no fué consecuencia del Voto Nulo, pero influyó mucho)

2. Reducción de la indispensable presencia de la Izquierda (PRD) en el Congreso.

3. Desaparición de una oferta de una izquierda que era (es) necesaria para un país en el que las minorías prácticamente no son escuchadas. (es decir, la pérdida de registro del Partido Alternativa -que agrupaba a la socialdemocracia en el país-).

4. Debilitamiento del Partido en el Poder (PAN). Si apenas podía gobernar con una mayoría simple, ahora tendrá que negociar con una mayoría obsoluta que tendrá el PRI junto con un partido -PVEM- que ahora representa a las televisoras (uno de los poderes fácticos que no debería tener más influencia en el sistema político).

¿Que obtuvieron los anulistas?: NADA. Los dirigentes de los partidos se han ‘lamentado’ de la presencia de dicho voto, pero en realidad no les importó nada.

Si los esfuerzos de los anulistas se hubieran concentrado en promover el voto, quizá el mapa político sería otro. Y quizá mejor.