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Cinco Tesis sobre la Segunda Vuelta Electoral

“¿Segunda Vuelta Electoral? No gracias”. Quizá ello deberían responder los legisladores en México a quienes desde la Presidencia se les ha propuesto una serie de reformas políticas entre ellas la introducción de la Segunda Vuelta Electoral (SVE) en elecciones presidenciales. Pero el Presidente no es el único que la ha propuesto, desde hace años existen iniciativas similares tanto en la Cámara de Senadores como la de Diputados, simplemente que hasta hace poco que el tema ingresó al debate en la opinión pública (producto del resultado de la elección de 2006). Uno de los problemas de México es que sus políticos, analistas y opinólogos que pueden incidir en ciertas decisiones (como una reforma de éste tipo) tienden a pensar o que México es un país aislado del mundo y que todo lo que proponen es nuevo o que no tienen nada que aprender de las experiencias de otras naciones. Eso si, cuando conviene, se citan las “experiencias en…” para llevar agua a su molino. Una discusión similar existió cuando se introdujo el Voto de los Mexicanos en el extranjero, muchos decían que dado los millones de mexicanos en exterior (casi 25 millones, 15 de ellos en edad de votar, pero el 98% en EUA), el interés  por votar iba a ser muy grande y era un gran paso para la democracia en México. Resultado: apenas unos pocos miles de votantes, como sucede en todo el mundo dónde existe este tipo de voto –lo que casi nadie quizo ver-.

La SVE en la elección presidencial  tendría efectos más negativos que positivos si los legisladores no toman en cuenta que existe más de un tipo de SV, sobre todo debieran observar los resultados  o consecuencias a partir de las experiencias en otros países.

He aquí entonces  Cinco Tesis sobre la SVE con referencia al caso Latinoamericano.

Primera Tesis: No existe un solo tipo de SVE, existen al menos tres tipos:

1. SVE sin barrera de acceso: donde pasan los candidatos mas votados, en SV se decide con mayoria simple quien gana. Como fue el caso Frances para las elecciones a la Asamblea bajo la Presidencia de De Gaulle, donde según la ley podían pasar todos, pero en realidad sólo pasaban los mas votados; este mecanismo permitía medir la fuerza de los candidatos y permitía al mismo tiempo el voto estratégico del electorado como la coordinación entre los partidos (véase Gary Cox: 1997).

2. SVE con mecanismo de acceso simple: Si ningun candidato obtiene una mayoria absoluta (mas del 50%), entonces se celebra la SVE entre los dos candidatos mas votados. Gran parte de los países de AL que contemplan la SVE señalan así dicha norma. Éste tipo de SV existe en Brasil (introducción en 1988), Chile (1989), Colombia (1991), Ecuador (1979-1998), El Salvador (1983), Guatemala (1985), Perú (1979), R. Dominicana (1996) y Uruguay (1996).

3. SVE con mecanismo compuesto de acceso: donde la ley establece ciertos requisitos ‘necesarios’ para celebrar la SV. Como es el caso de Argentina (1994), donde la norma es si en 1ª V un candidato obtiene mas del 45% y una diferencia mayor del 10% respecto del segundo, no se aplica la SVE, caso contrario si se aplica. Obviamente para acceder a la SVE el resultado de la 1ªV entre los dos candidatos debe ser cerrado, es decir, menor al 10%. Mecanismo similar existe en Ecuador (1988), Nicaragua (1987) dónde se exige una diferencia de 5% y Costa Rica (1949), aunque en éste última basta con el 40%.

Segunda Tesis: Tan legítimo es el presidente que es elegido con un porcentaje mínimo de diferencia respecto del segundo candidato, como aquél que obtiene una mayoría amplia. ¿Porqué? Existen tres dimensiones de la legitimidad y la de un gobernante no sólo se basa en la (1) de origen (legitimidad electoral, que es la que se supone “aumenta” con la SVE), sino también en (2) la legal (legitimidad que obtiene quien respeta las normas) pero sobre todo (3) la legitimidad en funciones, es decir, aquella que se obtiene con el desempeño gubernamental.

Las diversas reformas que en América Latina han introducido la SVE con la idea de “aumentar” la legitimidad de los gobernantes electos y según ello, asegurar la gobernabilidad, en realidad simplemente: a) han aumentado los costos de las elecciones, b) no han asegurado la gobernabilidad (recúerdese Fujimori en Perú, Bucarán en Ecuador, Menem en Argentina, etc.) y c) los gobernantes que han sido elegidos en SV y han tenido éxito en realidad lo han logrado por su desempeño en el poder y no por ser elegidos con “mayoría absoluta” ( ejemplos: Luis Ignacio da Silva en Brasil, Ricardo Lagos en Chile, Toledo en Perú, etc.)

Tercera Tesis:  La SVE tiende a producir gobiernos divididos. Dado que regularmente los resultados en SV no favorecen al partido del candidato ganador en las elecciones parlamentarias. Varios o casi todos los presidentes electos en SV no obtienen la suficiente mayoría en el Congreso que le asegure un margen de negociación, por lo que pueden presentarse relaciones tensas en las que ni el Gobierno ni el Congreso se pongan de acuerdo. (Como en Brasil 1989, 2002 y 2006;  en Colombia 1998; en Ecuador 1984, 1992, 1996, 2002 y 2006; Guatemala 1985, 1991, 2003 y 2006; o en Perú 1990, 2000 y 2006).

Un ejemplo que es recurrente al respecto es el caso de Brasil. En 1989 Fernando Collor de Mello ganó la Presidencia en SVE, pero su partido en las elecciones parlamentarias ganó solo 3 de los de los 75 escaños del Senado y 40 de los 503 escaños en la Cámara de Diputados. Esta situación se repitió en las elecciones del 2002 con Luis Ignacio Da Silva quien gana con casi el 60% de votos en la Segunda Vuelta pero su partido solo obtiene 10 escaños en el Senado, y apenas 83 en la Cámara de Diputados.

Cuarta Tesis: La SVE tiende a fragmentar el sistema de partidos:

Y ello radica al menos en la interrelación de tres factores: 1) En la simultaneidad de las elecciones legislativas con la primera vuelta electoral presidencial; 2) En la atención y arrastre que adquiere la elección presidencial respecto a las legislativas incluso en los países donde la simultaneidad es reducida, y principalmente; 3) En el comportamiento estratégico de los electores, que tienden a emitir votos diferenciados. En la primera vuelta el electorado regularmente vota por el partido de su preferencia como su primera opción en ambas elecciones, incluso si está consciente de que tiene pocas posibilidades de definir la elección presidencial, pero su voto si incide en la acumulación de votos necesarios para mantener al partido en la contienda por la asignación de escaños. En esta primera etapa es donde se crean las condiciones que fragmentan el sistema de partidos. Mientras que la SVE al circunscribirse a la elección presidencial, el electorado tiene la oportunidad de corregir su preferencia y votar por uno de los dos grandes competidores.

En dicha elección puede votar de tres formas: 1) por quien considera que será un buen gobernante; 2) En contra de quien no quiere que lo gobierne, ó; 3) Por el candidato menos malo. Por ello Sartori dice que la SVE es un sistema de selección y no de elección. La última opción obviamente será abstenerse. Esta situación no se presenta en elecciones de mayoría simple donde el voto fragmentado es reducido, porque en ellas el electorado sabe que su voto incidirá en la definición de las elecciones y por lo tanto votará por los grandes competidores los cuales no siempre son su primera opción.

Quinta Tesis: La SV tiende a hacer creer que el gobernante electo es el representante máximo de la voluntad popular. Tienden a olvidarse de su posición minoritaria (caso contrario hubieran ganado en la primer vuelta), confunden la legitimidad de origen con aquella en funciones y pueden promover procesos que llevan a la ingobernabilidad. Ejemplos: Fujumori y su famoso “autogolpe de Estado”, Bucaram en Ecuador –que incluso llegó a autodesignarse entrenador de la Selección Nacional-. Un claro ejemplo de cómo la legitimidad de origen o electoral no es la “única” ni necesariamente la más importante una vez que se alcanza el poder es el caso de Néstor Kirchner en 2003, cuando con apenas el 22%, un Menem que no quizo ir a la SV, el presidente electo pudo gobernar obteniendo altos índices de aprobación, precisamente por la legitimidad que obtuvo en funciones.

Es posible que con el objetivo de evitar escenarios de confrontación y polarización en el contexto de resultados estrechos en elecciones presidenciales, se apruebe una reforma que introduzca la SVE en México. Los legisladores deberían entonces optar por aquella variante que ha funcionado o tiende a funcionar mejor: SVE con barrera de acceso compuesta. Una SVE que se aplique sí y sólo sí la diferencia entre el primero y segundo competidor es menor al 10% de la votación total efectiva y sólo si el primero obtuvo un porcentaje menor al 40% de los votos. De ésta forma la SVE sería un verdadero sistema de desempate.

Bibliografía recomendada:

Si bien existen muchos textos sobre la SVE, creo que los más claros son:

Anibal Pérez Liñán: “La reversión del resultado en la doble vuelta electoral: Una evaluación institucional del Balotaje.”  Tercer Congreso Internacional de Latinoamericanistas en Europa (Amsterdam, July 3-6, 2002) and Primer Congreso Latinoamericano de Ciencia Política (Universidad de Salamanca, July 9-11, 2002)

Barrientos del Monte: “La Segunda Vuelta Electoral y la Gobernabilidad en los Sistemas Políticos Latinoamericanos” Apuntes Electorales 15.1 (2004): 507-536. Otra Versión se encuentra en Ciudad Política.com

Adriana Gallo: “El sistema de doble vuelta electoral y los tres elementos de la relación representativa. Análisis del empleo del balotaje en América Latina” Revista mexicana de estudios electorales Número 8, enero-diciembre 2009. Para comprar ésta revista visiten la página de la SOMEE.

La transición eterna

Soledad Loaeza: Entre Lo Posible y lo Probable

Si el PRI gobernó durante 71 años, de 1929 a 2000, y si tomamos como origen de la transición 1968, entonces estuvo 32 años en transición!. ¿Es esto lógico? (me pregunto)

Entre lo posible y lo probable

Entre lo posible y lo probable

Los estudios sobre las transición a la democracia u otros regímenes han tenido diversas olas de auge dependiendo los eventos históricos que se han presentado: los procesos de descolonización en Africa en los años 60’s , los “quiebres de las democracias” en America Latina y las transiciones en Grecia, Portugal y España en los años 70’s y principios de los 80’s, luego las democratizaciones en AL en los ochenta y noventa, así como aquellas nuevas democracias que surguieron en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín.

Existen diversas definiciones de transición, pero todas coinciden mas o menos con aquella de T. Karl y P. Schmitter: “el paso de un régimen a otro”. Tambien se coincide en que una transición es coyuntural, y por lo tanto, dura poco. Lo que sigue es ya otra cosa, la consolidación o no de un régimen. Una transición tiene momentos clave que identifican el antes y el después: la caida del Muro a la reunificación de las dos Alemanias; en España, los acuerdos de Moncloa a las primeras elecciones; en Argentina, la salida de los militares a la elección del primer presidente civil, y así en otros casos.

En México ¿Cuando empezó la transición? ¿Cuando terminó? Sobre ésta última pregunta, no hay duda: una vez que pierde el PRI en el año 200o la presidencia después de haber gobernando por 71 años de forma ininterrumpida.

El problema es identificar el antes, es decir, el momento de inicio de la ruptura. El caso es dificil porque el PRI no era una dictadura. Aunque Vargas Llosa, con la libertad que se puede dar un literato, haya llamado al régimen del PRI como la “Dictadura Perfecta”, ello no es así. Un politólogo por lo menos tendría que forzar la masa de argumentos que contradicen dicha definición antes de aceptarla. Era un autoritarismo civil, sin duda.

Para la profesora de El Colegio de México, Soledad Loeza, los origenes de la “transición” en México, están en 1968.

Aceptar este argumento, así como criticarlo, no es fácil. La autora da buenas razones para suponer que las movilizaciones que dieron origen al 68 mexicano tuvieron un impacto en los procesos políticos posteriores de las décadas subsecuentes. No obstante, todavía quedan dudas:

Si el PRI gobernó durante 71 años, de 1929 a 2000, y si tomamos como origen de la transición 1968, entonces estuvo 32 años en transición!. ¿Es factible afirmar que un sistema es tuvo más de una tercera parte de su existencia en transición? (Otro que asume que México tuvo un proceso de transición de ésta naturaleza, es César Cansino en La Transición Méxicana, 1977-2000)

El problema de este argumento es la temporalidad. La autora parece estar más de acuerdo, en su capítulo “La crisis electoral del 6 de julio de 1988”, que fué precisamente éste año, y no el 68 el inicio de la transición. Sin embargo no lo hace explícito, y por lo tanto, en esta perpectiva, se distorsiona la idea de ‘transición’ en México. Más aún, algunos han seguido esta idea mal entendida.

Ya en el Capítulo “Transición por transición” la autora ofrece una definición que desafortundamente sólo se aplica al caso que ella estudia (México) porque dificilmente podría ser una definición que viaje a otros contextos, en el sentido sartoriano del término:  “El paso de un régimen de partido hegemónico a uno pluripartidista”.

Esta definición también es problemática: ¿Cuantas transiciones en el mundo han tenido esta característica? Seguramente muy pocas (Japón es un caso similar al mexicano, uno de los pocos).  Si un régimen se transforma de un sistema de partidos pluripartidista a uno de partido dominante (que no es lo mismo que hegemónico) ¿Esto no es también una transición?

El libro de la Profesora Loaeza, compuesto por 9 capítulos, es en realidad una recopilación de algunos de sus más significativos trabajos que la autora ha publicado en diversas revistas, la mayoría académicas. El hilo conductor es que la transformación del sistema político mexicano ha sido una consecuencia de cambios en la sociedad, en específico, de un sector que fué creciendo durante la segunda mitad del siglo XX: las clases medias.

El último capítulo, “La desilusión mexicana”, es uno de los poco análisis no cuantitativos sobre las elecciones de 2006 que no cae en argumentos viscerales de parcialidad a favor de uno u otros partidos. (Como algunos de los más respetados profesores de El Colegio de México lo han hecho).  La autora hace una seria reconstrucción de los hechos y en base a una perspectiva histórica, explica -y esto es su mérito- algunas de las posibles respuestas a los porqués de las movilizaciones en contra de un resultado electoral tan cerrado, sobre todo, los elementos estructurales que existen detrás de las formas de hacer política en México que tienden a tener poco respeto por las instituciones de la democracia.

Hace algunos años, Thomas Carothers escribió un excelente artículo en Journal of Democracy: The End of Transition Paradigm, en 2002. Argumentando sobre todo que el centro del paradigma de los transitólogos, es decir, la democracia, había fracasado rotundamente. El profesor Guillermo O’Donnell elaboró una respuesta muy bien fundamentada hacia la crítica de Carothers.

En México hace falta fortalecer el debate sobre ¿que tipo de democracia tenemos? o ¿que tipo de democracia estamos construyendo o queremos?. La transición terminó hace mucho, y recurrir al paradigma de la transición para explicar (quejarse) la democracia en México, no deja ver las cuestiones realmente importantes de la cuestión: la democracia, es así, no es perfecta, se construye a diario.